Paz y tranquilidad

Ese día el guardia de la colonia se reportó enfermo. El dueto atravesó la reja y procedió con su agenda habitual: puerta por puerta van ejecutando piezas del folclor mexicano.

Me fui a vivir a una colonia cerrada y al pie de la montaña para tener paz y alejarme de la gente. Me gusta el silencio y ahí le rindo culto. Vivo en la penúltima casa de una calle sin salida en una colonia con guardia, y los pocos vecinos que tengo saben que no necesito ni quiero amigos nuevos y que lo último que deseo es ¡conversar! Por la misma razón detesto el chat en la red y, teléfonos móviles y hablar por teléfono es cosa de un minuto, no más.

Ese día lo vi venir. Esa combinación estridente y maléfica de tarola y trompeta se escucha a dos leguas. Lo primero que notas —sientes— es una perturbación percutiva que viaja por la atmósfera; se va haciendo cada vez más audible y pasa del estado textural al sonoro. A éste le acompaña la alegre y desafinada trompeta, que con cada acorde salen expelidos litros de saliva del músico. Pues resulta que ese día el guardia de la colonia se reportó enfermo. El dueto atravesó la reja y procedió con su agenda habitual: puerta por puerta van ejecutando piezas del folclor mexicano, donde destacan la “Marcha Zacatecas” y “La Bikina”, entre otras. Tocan, hacen una breve pausa esperando a que alguien salga a darles algo, y pasan a la siguiente casa. Si no les dan nada, agradecen el gesto obsequiando otra ronda de monolíticas y retumbantes melodías, como ofrenda por la generosidad de no haber recibido una chingada. Y en algunos casos funciona (lo he visto): el dueño sale y, para evitar que sigan con el concierto, reciben una bien merecida remuneración. Hay que apoyar al arte.

Ya se escuchan. Los perros de la colonia ladran, aúllan. Eventualmente dan con mi casa. Dos sujetos ataviados con una mezcla entre un matachín y un mariachi preparan sus instrumentos.

Sepa usted que de nada sirve hacerle como que no hay nadie en casa; primero, porque es de día y no puede uno apagar la luz, y segundo, porque no les importa: dan por hecho que la casa está habitada y para ellos es sólo una cuestión numérica. Hay que aceptar que su estrategia funciona. Sí: al prepararse para el espectáculo, presentí que tocarían la “Marcha Zacatecas”. Sabía que iban a hacerlo. Temía que lo hicieran. Lo hicieron. Temblé. Antes de que juntaran saliva para un segundo número (“La Bikina”, de seguro) salí de debajo de la cama donde me había ocultado, abrí la ventana de mi recámara y les grité que se fueran. Habré ofendido su profesionalismo y sensibilidad artísticas, no me importa; tamborazo y saliva se dieron la vuelta y encaminaron por donde vinieron.

¿Cómo abordar este extraño y estridente fenómeno? Veamos: hay que observar que se trata de una expresión cultural, propia de los pueblos y que por alguna razón vino a dar aquí a la ciudad, donde se adaptó y transmutó en un fenómeno único. Bueno, pues el asunto es que no soy antropólogo y me tiene sin cuidado. Veámoslo entonces desde una óptica social: músicos que tal vez vienen de bandas de pueblo extintas, fragmentadas y que vagan por las calles en busca de sustento, aceptando lo poco que la gente les dé. No, tampoco soy trabajador social y la verdad, me vale madre. Entonces hay que apreciar el hecho de que la música revela una parte interesante de nuestra tradición e historia. Perdón, pero no soy músico.

Todo se reduce a que el fenómeno en cuestión es una disrupción de mi paz, silencio y tranquilidad, y la única manera de lidiar con él es haciendo que se vayan y no vuelvan. Mientras me llevo a la boca un potente analgésico y un antipsicótico escucho en la lejanía la “Marcha Zacatecas”, interpretado por un dueto de trompeta, saliva y tambor, apoyado por los aullidos histéricos de los perros.

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