Payaso asesino

La noticia lo muestra esposado en la demarcación de policía. Se ve ridículo: es un adolescente flaco con una máscara chafísima de payaso y un hacha. Esa sí es de verdad, pero el chico no pretendía matar a nadie, sólo asustar. Pero asustar con la finalidad de crear una catarsis cómica, no terror, propiamente. Claro que eso le importa poco a quienes ven en esto una auténtica amenaza; en Ecuador agarraron a golpes a un par de estos payasos, y por nada y los matan. En otro país sí le dieron de balazos a uno, en Panamá apedrearon a otro bromista y aquí en México atropellaron a uno. Todo ocurrió en la noche, donde esta clase de histriones tienen sentido. Parece que la broma comenzó en Estados Unidos, pero ya se ha extendido a gran parte de Latinoamérica. Recuerdo el video de YouTube de una manga de payasos que aterrorizaba gente en un elevador, en un estacionamiento subterráneo, en una estación de gasolina a altas horas de la noche y así. Son sketches bien pensados y actuados, y tuvieron el efecto que deseaban. Hasta ahí. Lo que le siguió fue un fenómeno interesante, pero con repercusiones: cuando la broma transgrede sus propios límites entra al mundo de esa otra realidad donde deja de ser una simulación y las consecuencias no son de risa. Muertos, golpeados y detenidos lo demuestran. Pero lo que está detrás es lo que capta mi atención; me parece que esto de matar o golpear bromistas vestidos de payaso macabro es sólo la excusa para instigar, para justificar una violencia latente que debe manifestarse de alguna manera; es un juego peligroso. Hace unos días leí la noticia de unos ladrones en el Estado de México que fueron sorprendidos por una muchedumbre: les cortaron las manos, las metieron en una bolsa y la dejaron a media calle. ¿Muy distinto a las expresiones de los narcos con personas ejecutadas, colgadas y mutiladas? No. No sé hasta dónde se puedan o deban justificar los linchamientos populares, las venganzas o los homicidios por parte de vigilantes anónimos, pero me queda claro que somos un país de salvajes. Cualquiera que sea el caso, la culpa de todo este argüende con los payasos la tiene, presumiblemente, Stephen King. Y es que el tema del payaso es psicológico; asusta fundamentalmente porque trae una máscara con una expresión fija: el cerebro está diseñado para interpretar al rostro y sus inconmensurables combinaciones, y al no detectar cambios ni movimientos, pues despierta una legítima y natural sospecha. Y más si el payaso tiene un hacha en la mano. La realidad es que están linchando payasos en la calle y eso a mí me causa gracia, porque el payaso es una mezcla perfecta entre el histrión cómico y lo macabro; la expresión fija del terror y la risa donde se esconden las verdaderas intenciones y el que terminen así, mutilados o muertos, es parte de su esencia. ¿A poco se imaginaron que nada más en las películas ocurría? Lo que me preocupa es que esta broma se vuelva real, que se revierta, y en lugar de payasos linchados sean ellos ahora los que salgan a la calle a machetear gente. Eso sería genial. Lo digo porque el Apocalipsis zombi no va a ocurrir pronto, y hay gente como yo que lo espera ansiosamente. Que se vaya todo al carajo, pues. Por lo pronto, si va a salir disfrazado de payaso a asustar gente en la noche, que sea con un machete de plástico y en Halloween; no se exponga. Y la cuestión ahora es si los payasos de verdad tendrán que salir disfrazados de otra cosa para salir a trabajar; no les vayan a dar cuello.

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