Paso peatonal

Puentes  peatonales, cebras signos y letreros no son más que malas expresiones de pseudo arte urbano que no cumplen ninguna función útil.

En la esquina de Vasconcelos con la calle de Guerrero (en San Pedro) hay un bonito y venerable puente peatonal. Se yergue a partir de las dos banquetas que limitan la avenida y la atraviesa por los aires. Tiene una placa conmemorativa que reza:

“A LA NIÑEZ, alma y esperanza de la patria”.

Mire, tengo mi restaurante a dos cuadras de este puente y a la niñez de la patria le vale una reverenda chingada que el Ayuntamiento le haya dedicado un puente para no arriesgar sus vidas. Lo cierto es que al alma y esperanza de la patria le parece un poco aburrido (y cansado) hacer el extenuante recorrido de subir escaleras, atravesar un vertiginoso puente para admirar el estimulante paisaje urbano y descender en el otro lado de la avenida, por lo que optan por la adrenalina de jugarse la vida en el pancracio de la calle, donde deben lidiar con raudos y veloces autos y camiones (especialmente estos últimos). Así es; lo hacen porque es más divertido. Pero lo que tenemos que considerar aquí son los apabullantes datos que confirman que tal vez convenga tomar el paseo aéreo que morir arrollado, porque cada semana leo en los periódicos que a alguien le pasaron cuatro llantas por encima y por debajo de uno de estos puentes. O sea que no sirven para nada.

En una semana de cuidadosa observación anoté lo siguiente:

“Martes. Un señor con su perro cruzan la avenida todos los días; el humano corre por la calle y el perro se va por el puente. Al perro parece gustarle el paseo; se detiene, se sienta, observa el tráfico brevemente, jadea y sigue su camino hasta reunirse con su amo del otro lado de la avenida.

“Miércoles. La hora de la salida de la escuela. Hay muchísimos niños, muchos viven del otro lado de Vasconcelos. Hoy no vi a ninguno usar el puente. Ayer tampoco”.

Sobre la avenida Morones Prieto a la altura del puente San Isidro hay otro puente que es famoso no tanto por los anuncios que ponen sobre él si no porque lo usan más perros que humanos; paso por ahí todos los días y no deja de sorprenderme ver a estos animales con tanta frecuencia que a veces pienso se trata de personas que murieron atropelladas y reencarnaron en perros que aprendieron –duramente– la lección y ahora hacen lo correcto.

El único complejo de puentes peatonales que realmente funciona es el del Paso de los Duendes creado por Mauricio Fernández, y eso porque fueron diseñados para ser divertidos, no como requisito obligatorio.

Lo inexplicable es que siguen construyendo esos adefesios, monolíticos monstruos dormidos que aparecen de pronto sobre calles y avenidas y están ahí, expectantes, feos e inútiles.

Uno de los incisos del reglamento de vialidad y tránsito marca lo siguiente: “(los peatones) para cruzar una vía donde haya puentes peatonales están obligados a hacer uso de ellos”, y en otro apartado declara que “no deberán invadir intempestivamente la superficie de rodamiento de calles o avenidas”. No importa la ley, la cosa es hacerla de emoción –y morir en el intento.

Puentes peatonales, cebras (las rayas blancas o amarillas sobre las calles), signos y letreros (y con la notable excepción de los semáforos, que hasta hoy no entiendo cómo se les respeta) no son más que malas expresiones de pseudo arte urbano que no cumplen ninguna función útil.

Lo que sí podemos hacer es rebautizar a estos puentes como “puentes caninos”; los perros son los únicos que los usan.

chefherrera@gmail.com