Paseo

Esta ciudad es enorme y ocurren cosas insospechadas, increíbles.

Hacía mucho tiempo que no deambulaba sin sentido por el centro de la Ciudad de México, sin prisa y sin intención de hacer nada en particular. No voy a ninguna parte: aquí todo es ningún lado. Tampoco busco algo en particular; la diferencia entre buscar y encontrar es simple: uno no siempre encuentra lo que busca y muchas veces encontramos sin buscar. Afuera de la librería Gandhi hay un letrero que reza: “Leer es cada vez más fácil”. No, así no es: el acceso a libros es cada día más fácil; leer es todo lo contrario. Me detengo a mitad de la avenida Madero, como a 3 cuadras de la Torre Latinoamericana; saco mi cuaderno de notas y me pongo a escribir impresiones. La gente me pasa por los lados; van vestidos de todas formas, a veces de manera estrambótica, ruidosa. Llevan peinados exuberantes, galácticos, punks, metaleros y caricaturescos. Otros traen piercings y tatuajes que en Monterrey suscitarían miradas provocativas. Los veo como bichos raros pero aquí el bicho raro soy yo. Me detengo en una tienda de productos médicos; salgo de ahí con un estetoscopio. Me siento en una banca y lo aplico sobre la tetilla izquierda: hace mucho que no escuchaba mi corazón. Estuvo lloviendo. Las calles exhalan una mezcla de polvo, perfumes, fierro oxidado y comida frita. Hay muchos edificios viejos de departamentos, como de los años cincuenta y sesenta; tienen las ventanas medio abiertas. Me detengo a mirar, a sentir: emanan una energía potente pero callada, misteriosa. Discurren por mi mente historias de personas con sus problemas, oficios varios, rostros perdidos, angustiados, resignados: dramas conservados en esos edificios en espera de ser invocados y revividos. Paso a un lado de la Torre Latinoamericana; ese lugar me encanta y me trae muchos recuerdos. No me gustan los lugares por el valor estético, arquitectónico o histórico que puedan tener, sino por lo que uno vive en ellos. Me gusta caminar solo, así no me distraigo platicando y puedo perderme en la maraña de calles, ruido, gente. Hay vitrinas por todas partes; reflejan una mezcla espectral entre las cosas que exhiben y la gente que pasa; generan una deformación de las cosas donde todo se tuerce, se decolora y termina como un mosaico borroso. Me meto a un bar a seguir escribiendo; ordeno un Martini. A unas mesas de mí una chica lee su libro y disfruta un coctel. Es delgada, pelo largo y lacio y su rostro dibuja facciones delicadas. Cerca, en otra mesa, un tipo corriente y algo bebido la observa; llama al mesero y pide le lleve a la dama una flauta de champán. ¿Champán? Payaso ridículo. El mesero hace la entrega y explica el origen de la cortesía. El tipo saluda y sonríe. Ella gesticula y rechaza el vino. No sé en qué película habrá visto esa mamada, pero las cosas no funcionan así; si te gusta alguien, llegas a su mesa con una botella y dos copas: te presentas y arremetes. Huevos. Qué son esas joterías románticas y obsoletas de andar enviando bebidas a distancia. El caso es que al momento llega el novio de la chica, se besan, él ordena una cerveza y el romántico fracasado se queda con su embriaguez y el prospecto de seguir su patética e improductiva existencia.

De regreso al hotel. Apenas y alcanzo un elevador retacado de huéspedes; -what floor, sir? -pregunta el botones-. Reclamo: ¿Por qué me hablaste en inglés? -es que parece gringo, -espeta con una vocecita pilluda, cantada y tonta. -pues tú tienes cara de indígena y no te estoy hablando en náhuatl, ¿verdad? -Piso 10, por favor-. El humor del botones se esfuma en una nube de cuchicheos y risillas apagadas.

Ya es hora de regresar a mi rancho. Esta ciudad es enorme y ocurren cosas insospechadas, increíbles. No hay como perderse en sus calles y dejar que te traguen e impregnen de sus historias de todos los días, de todos sus siglos.

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