Pareja

El vino se lo sirven a él para que lo evalúe, al igual que la carta de alimentos, y al momento de ordenar, él toma la decisión.

Se sientan y escuchan al mesero exponer los vinos de la casa: –Este vino (un Malbec) está saliendo muy bueno–, dice el mesero y vacía una muestra en la copa del caballero. Lo pasea por las paredes del cristal, lo huele, da un sorbo elegante y asiente. Entonces el mesero llenó las copas. Brindaron. Ella sonríe, él la mira. Llega el menú y luego de una inspección, el caballero selecciona el ceviche costeño, para compartir. Después indicó el filete en salsa de cinco chiles para él y el pollo en crema de chile poblano para ella. De postre, ya veremos al rato, gracias.

Esto lo viví hace unas semanas en un hotel y despierta en mí algunas observaciones.

Vamos a ver. ¿Nota usted algo raro aquí? Yo sí. Bueno, de raro no tiene nada, al contrario, es más común de lo que me gustaría aceptar. Y ese es el problema. Para empezar, en ese restaurante no tienen una carta de vinos; el mesero los presenta en un carrito, como el de los postres y me doy cuenta que no está capacitado para venderlos. "Ese vino es muy bueno", le dice al cliente. Pues es su opinión, pero no dice absolutamente nada sobre sus características. Luego me fijo en las copas y veo que son tan pequeñas que para licores jalan perfecto, para vinos, no. Entiendo que si de lo que se trata es que la copa se vea llena para justificar el precio, pues sí, funciona, pero está lejos de ser lo óptimo para que los vinos desarrollen sus características y puedan ser correctamente apreciados. Sigamos. El vino se lo sirven a él para que lo evalúe, al igual que la carta de alimentos, y al momento de ordenar él toma la decisión; la dama asume una posición netamente pasiva, se deja llevar. También hay que notar que el caballero decidió maridar un Malbec con un ceviche, cosa verdaderamente atroz. Espero que tanto él como el mesero –que asintió, es un cómplice– purguen condenas en el infierno, donde todo es llanto y crujir de dientes. Lo correcto ahí es un vino blanco. Otro día hablamos de eso. Por lo pronto me incomodo mucho cada que veo estas actitudes que vienen de otras décadas, de un pasado remoto. Tanto la pareja como el mesero (que representa al restaurante) se comportan de manera antigua. Se supone que experimentamos hoy un despertar social donde se plantean igualdad de géneros, tolerancia hacia las preferencias sexuales no concomitantes con la moral judeo-cristiana y una conciencia gastronómica que ya se ha masificado. Pues parece que vamos para atrás. Entiendo que hemos heredado estos esquemas rígidos, pero ya es tiempo de cuestionarlos y proponer una agenda más acorde con lo que se vive no sólo en México, sino en muchas partes del mundo. Propongo entonces llevar a la conciencia todos estos comportamientos ridículos y viejos, cuestionarlos, ubicarlos adecuadamente donde pertenecen (al pasado) y actualizarlos. Yo digo que sí se puede. Pero no es fácil por dos razones: por pereza y porque la gente no sabe cómo. Para resolver eso, pues hay que educar a las personas y alborotar a otras, a las que todavía creen que debemos seguir atrapados en esquemas de pensamiento y comportamiento obsoletos e inaplicables para nuestro tiempo y circunstancia. Y el objeto de alborotar a estos necios es que cuando hagan su rabieta, las personas normales se fijen en ellos y se pregunten: "Y a ése, ¿qué le pasa?, ¿por qué la hace de pedo?", y así se genera un cuestionamiento. Lo cierto es que las mujeres deberían de asumir roles un poco más activos, los caballeros podrían no sentirse en control todo el puto tiempo y ambos deberían llevar un curso de vinos y gastronomía: eso de meterle un Malbec a un ceviche hace que me tiemble la próstata. Ah, y que los meseros dejen de ocultar su ignorancia declarando cosas generales como "ese vino está saliendo muy bueno, oiga". Ya no estamos para esos numeritos.

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