Ortografía

No sé a quién adjudicarle esta falta: al sistema educativo que no se responsabiliza ni por un acento o una coma o a la falta total de interés de la gente.

"Ya estamos aki, estoy nerbioso. Bamos aber k pasa".

“¡Felisidades, ahy q aser una carne azadaaaaa!”

“¡wey bente a la casa hestamos chupando chido y hechando desmadre!”

Va usted a creer que las frases que acaba de leer son inventadas, pero no: las saqué del Facebook, y no fueron escritas por iletrados, son de profesionales con educación universitaria. Ellos, como tantos otros, pasaron por siete años de educación primaria, tres de secundaria, tres de prepa y cuatro de carrera. Uno incluso tiene maestría, o sea, otros dos años. Súmele: 17 años en la escuela para terminar escribiendo “bamos”, “aser” “bente” y “aki”.

Leer cosas como éstas ya es algo común en redes sociales, y lo peor es que a muchos o les parece chistoso y una especie de moda para retrasados o simplemente lo toman como algo normal. Pero está lejos de serlo: dejar de darle importancia a algo tan fundamental sólo puede significar una cosa: que la educación fracasó.

No sé a quién adjudicarle esta falta: al sistema educativo que no se responsabiliza ni por un acento o una coma o a la falta total de interés de la gente.

Mire, yo mando todas las semanas mi editorial a este periódico y ahí me le dan una manita de gato; corrigen errores —mínimos— que pueda tener. Pero créame que soy muy cuidadoso con mi manera de escribir porque, precisamente, intento defender el hecho de que hablar y escribir correctamente nos acercan más a un estado de civilización y entendimiento. La cosa es transmitir ideas y conceptos de manera ordenada, culta y usando palabras y frases correctas, no dejarlo al ejercicio estéril de ver si se entiende lo que decimos al escribirlo con letras alternativas y modos chuscos. Y no podemos escudarnos bajo el pésimo argumento de “lo importante es que se entienda”, ésa es actitud de ignorantes frustrados por no tener un nivel educativo mínimo que les permita comunicarse de manera efectiva. Excepciones, las hay: ciertas palabras van cambiando, o apareciendo, por razón de la época, la influencia de la cultura, del momento; alguna palabreja o expresión que se haya colado a partir de un meme en redes sociales o dicha por algún actor en una serie de televisión, o palabras nuevas (neologismos) creadas a partir de una tecnología o descubrimiento nuevos. Eso es un proceso de evolución normal.

Basta con ver los famosos “arcaísmos” para darnos cuenta que muchas de las palabras que usamos hoy pasarán a un panteón lingüístico. Lea obras de siglos pasados; el poema del Cid Campeador, por ejemplo, para darnos cuenta que el lenguaje, al igual que todas las demás expresiones de la cultura, cambian. O sea que no se trata de tomar el asunto como si fuera un monolito inamovible. Algunas reglas pueden romperse, sí, pero lo que nos atañe es el respeto estadístico de las mismas. Y cuando haces un conteo de la cantidad de errores sintácticos, gramaticales, etcétera, que se filtran en redes sociales, el asunto es preocupante. Estamos promoviendo una cultura de idiotas iletrados, y en esa medida nos transformamos, porque decidir ignorar estos lineamientos es un hecho salvaje propio de aborígenes y trogloditas y nuestra vida cotidiana comienza así a llenarse de hechos que siguen esa misma agenda. Al final, habrá que sumar los resultados de esta actitud para ver la calidad de vida que tenemos como población.

Hay que buscar una solución, algo que nos lleve a respetar nuestro lenguaje y buenas costumbres antes de caer en un esquema de prehistoria mental. Por lo pronto, este retroceso se hace cada día más notorio e intenso. Y peor: aceptado.

chefherrera@gmail.com