Notas de viaje

El embraer 190 es un avión cómodo y espacioso. Espero no me toque un vecino parlanchín; no estoy para charlas improvisadas.

En el hotel, DF. Me levanto temprano, desayuno y pido un taxi al aeropuerto. “Su carro llega en 5 minutos”, informa el gerente. Se abre la cajuela del Toyota rojo, aviento la maleta y entro al asiento del copiloto. De pronto me invade un aroma a sudor; agrio, intenso y punzante. La ventana está inexplicablemente cerrada, así que la abro rápidamente y un aire con olor a monóxido y tabaco me envuelve. Prefiero esta mezcla al sudor añejado de la cabina. El taxista es rechoncho, de cuello pequeño y ancho, ojos saltones y tiene un bigote cantinflesco. Además es gangoso. La combinación de su conversación no solicitada, el tono gangoso, el sudor y aromatizante artificial avainillado para autos me comprimen la caja torácica, el alma y el escroto; dejo correr una lágrima discreta y se me hace un nudo en la garganta. Cuarenta minutos después termina la pesadilla: llegamos a la terminal 2.

El Embraer 190 es un avión cómodo y espacioso. Espero no me toque un vecino parlanchín; no estoy para charlas improvisadas. Para mi mala fortuna se sienta un pelón con gazné y lo peor ocurre: desata una conversación histérica. Lo bueno es que el avión viene casi vacío y sin decir nada me levanto y me cambio de asiento. Le habrá parecido algo rudo pero no me importa. Despegamos. Permanece en mi nariz el aroma a sudor agrio del taxista gangoso; sufro un mareo leve. En el asiento de enfrente dos adolescentes cuchichean y ríen; hablan acerca de lo atractivo que es uno de los empleados que trabaja en la plataforma dirigiendo aviones; comprimen sus rostros contra la ventanilla y le sacan fotos con su teléfono móvil; el joven se percata y sonríe: ellas gritan emocionadas. Alcanzamos altura de crucero. En la fila de a lado y un poco más hacia adelante hay una muchacha tomándose selfies de manera compulsiva; prueba con una mezcla de posturas y gestos, revisa las tomas, decide que le falta lápiz labial y prosigue con su sesión de automodelaje.

Aterrizamos en Monterrey. Subo al taxi y el chofer, para mi mala suerte, tiene muchas ganas de platicar. Llevaba las ventanas abiertas; “para no gastar en clima”, justifica, “pero como está juerte el calor pos ahorita le cerramos y le prendo al aigre”. Se la pasa intentando matar moscas y mosquitos. “Pinche zancudo, ya me agarró tirria”, espeta mientras manotea. Dice que le estuvo marcando a su novia pero ella no contestó. “Uno háblele y háblele y nada; luego me dijo que había dejado el celular en casa de quién sabe quién, y así anduve, mortificado, pensando que le había pasado algo”. Iba a sugerirle que tal vez la señorita habría estado pasando un rato agradable con otro caballero, pero me pareció inapropiado y desistí. “Tengo que pagar renta del taxi y gasolina que son 3 mil pesos por semana y se me hace que ahora voy a salir tablas; ha estado muy jodido”, dice mientras escuchamos una cumbia norteña. Se lleva un trozo de carne seca a los dientes, le baja a la música y desacelera; una carroza fúnebre corre despacio escoltada por dos carros de Policía y un cortejo de dos camionetas de redilas atiborradas de gente. Van como ganado, hacinados, haciendo ruidos, riendo unos y llorando otros, bebiendo alcohol y empujándose unos contra otros. El taxista apaga la música, “ahorita le vuelvo a prender, nomás que pásemos al muerto”, declara. Me recordó a esas personas que se persignan cada que pasan por una iglesia. Finalmente llego a casa, arrojo las maletas al suelo y me tiro sobre el sofá de la sala. Mi mujer y mis hijos me reciben; “hueles a sudor”, dice mi esposa.

Creo que es hora de meterme a la regadera.

chefherrera@gmail.com