Nostalgia

La nostalgia es una grave, a veces irresistible, tentación. Cuidado: sólo tiene un valor momentáneo pero puede convertirse en hábito mortal. Es un tejido brumoso hecho de espectros, suspiros y voces lejanas que nos envuelve como un bálsamo dulce y reconfortante: pero es ilusión macabra.

La nostalgia está hecha de muertos, deseos truncados, pieles secas mudadas que se levantan de un suelo arenoso y muerto y danzan en remolinos donde sólo se escucha el crepitar de sus pieles y el chiflido del viento que las atraviesa. Es un deseo estéril, intento de recobrar algo —quizá todo— de lo que dejamos por ahí abandonado, pero también de las cosas que nos dejaron solos. Es una manera de recalcar, corregir, repetir o reestructurar lo imposible. “Recordar es volver a vivir”, se dice. Yo pienso que no: recordar es perder el tiempo: sólo se vive una vez. El recuerdo es una voz siniestra que nos llama dulcemente desde lo más profundo de nuestro cerebro, invitándonos a los abismos del recuerdo, como una sirena que lo único que busca es vernos zozobrar en ese mar obscuro y triste de claroscuros.

La memoria es el alimento principal de la nostalgia, pero ésta no es más que una esponja que se seca, achica y después endurece. Es un estado que nos seduce y atrapa y en él nos regocijamos en la tristeza y los recuerdos indistintos y tergiversados. Y en ese lugar oscuro los recuerdos toman conciencia de sí mismos y se reinventan, se reestructuran y conspiran contra nuestro presente intentando suplirlo.

La nostalgia es tristeza tanto por lo vivido como por lo que se quiso vivir. Pero también es una incapacidad de vivir el presente y construir un futuro. ¿Te gustaría revivir alguna etapa de tu vida? Me preguntaron. No; siento mucha curiosidad por el futuro y me gusta mi vida ahorita. Dejemos el pasado donde le corresponde: en el olvido crónico y constante. Porque esa es la única manera de luchar contra la nostalgia: olvidando.

La melancolía es una fuerza tremenda creada por la memoria y que nos ata al pasado, nos impide ver claramente lo que tenemos frente a nosotros y nos abraza cálidamente, susurrándonos que debemos embriagarnos de ella, dejarnos caer en ese sutil pero tenebroso espejo de imágenes cambiantes que se reflejan sobre la superficie de un líquido oscuro y denso. Es reconfortante abrazar los recuerdos y vivir en ellos; después de todo lo vivido posee esta cualidad real llena de sensaciones y lecciones, mientras que el futuro sólo aporta ansiedad, confusión e incertidumbre. Nos asusta y de esta manera preferimos inventarlo basado en recuerdos. Pero un futuro construido de recuerdos y memoria fallida sólo puede conducir al desastre. No podemos llevar vidas desgastadas por el recuerdo: hay que renovarlas constantemente, alimentadas por lo que ocurre día con día. Lo mejor —y peor— siempre está por ocurrir. Los recuerdos sólo son adornos de escaparate, no son cosa viva, y ahí debemos dejarlos, evitando darles una vida que ya no poseen. Supongo que es más saludable soñar el porvenir y dejar el lastre de la memoria a un lado.

La vida para muchas personas es una tensión palpitante entre el recuerdo doloroso y el porvenir. Vivir aferrado a los recuerdos como queriendo asir la vida que ya pasó, como deseando que al hacerlo el tiempo se ralentizara, se detuviera momentáneamente a contemplar lo pasado. Pero eso no ocurre.

Hay quienes se entregan a ese abismo y caen en depresión. Algunos nunca salen de ahí.

Hay que dejarse envolver en ese bálsamo terrible que es el tiempo, con todas sus consecuencias, y la más terrible de todas: su fin.

 

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