Museo

Hace unos días estuve en Nueva York. Visité el American Museum of Natural History. Ya se imaginará lo emocionante que es. Invertí prácticamente todo el día para recorrer las salas, que iban desde antropología, astronomía, paleontología, mineralogía, biodiversidad y así. No creo haber caminado tanto en toda mi vida como ese día. Salí arrastrándome de ahí pero valió la pena, cada centímetro de ese lugar es un estimulo intenso, un viaje por el mundo de la ciencia y el descubrimiento. Pienso que, antes que educar, esa es la función del museo: estimular. Poner las cosas de tal manera que el cerebro se excite con el conocimiento que se le presenta y así generar un ímpetu, un interés por aprender y razonar las cosas desde un punto de vista (en este caso) científico. Y para estimular hay que presentar las cosas en forma de entretenimiento: si no es divertido, no funciona. Acepto que hay museos que son meros depositarios de objetos etiquetados y no pasan de ser sólo eso, por tal motivo los museos y espacios culturales deben ser dinámicos, interactivos, enfocados a lo social y deben ser constantemente actualizados. El caso es que el Muso de Historia Natural es un monumento importante, un espacio que mantiene vivo el interés por la ciencia y eso es fundamental para el bienestar y el futuro de una sociedad. De hecho, habla acerca de los valores de esa sociedad, de las cosas que promueve como esenciales para su supervivencia y progreso. Me sorprendió enterarme que el director del planetario Hayden de ese museo es Neil deGrasse Tyson, el astrónomo anfitrión de la nueva serie Cosmos que en su tiempo liderara Carl Sagan.

Monterrey. El único museo que más o menos se acerca a un templo científico es el Centro Cultural Alfa. El Planetario, como se le conoce. Yo fui el día de la inauguración, tenía 9 años y fue uno de esos eventos que nunca se olvidan. Los elevadores cilíndricos transparentes, el edificio metálico y cilíndrico inclinado como incrustado en la tierra, las salas con sus experimentos interactivos de ciencia y por supuesto el auditorio Imax. En su época fue único, necesario, pero hoy ha pasado de moda. No me lo explico; tiene un aviario, el pabellón de El Universo de Rufino Tamayo y un observatorio. El Planetario hoy está quebrado y es considerado como un “montón de fierros viejos” y han sugerido demolerlo y construir en su lugar un bonito complejo de apartamentos.

Saltillo. El esfuerzo que hicieron allá generó un parque y el Museo del Desierto. Es el sitio favorito de mis hijos. Me encantaría tener un espacio interactivo de ciencia aquí en Monterrey, uno nuevo y actualizado; un lugar que fuera negocio y que cumpliera esta importante función de estimular la mente. En su lugar, construimos un estadio de futbol. Está para llorar.

El interés por estos espacios debe darse desde la escuela. De la casa ya no digo porque somos una sociedad que valora más el futbol y la cerveza que un museo. Me parece patético y triste, pero es la realidad. No nos ponemos de acuerdo para invertir a largo plazo en proyectos que podrían cambiar la manera en que pensamos. Cierto: se hicieron esfuerzos como Marco y los museos de historia, pero el problema no es el museo nada más, es la gente. O sea, la educación.

La ciudad no es la misma de hace 20 años; siento que ya está lista para alojar una serie de museos que comprometan intereses más sublimes y trascendentes e impulsarlos con una campaña conjunta en escuelas tanto públicas como privadas. Estaría fregón que Monterrey se distinguiera por un museo de ciencias. Se vale soñar.

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