Museo de hormigas

Se supone que estaríamos entrando en una fase cosmopolita que se reflejara en la creación de espacios y actividades de esa naturaleza, pero eso no ha ocurrido.

Mi hija recién cumplió seis años. El domingo pasado asábamos carne en el patio al tiempo que bebíamos cerveza copiosamente. Entonces noté que la niña estaba haciendo algo en el suelo; construyó una especie de recorrido con montoncitos de tierra, un corcho de botella de vino, la colilla de un cigarro, una hoja seca de bugambilia, una pieza de Lego, trocitos de madera, la tapa de una botella de plástico y una esferita de poliestireno roída. Acomodó todo de manera peculiar y comenzó a chiflar. “¿Qué haces?”, pregunté. “Estoy llamando a las hormigas; hoy es la inauguración de su museo”. Pregunté por qué las hormigas necesitaban un museo, a lo cual respondió: “A ellas siempre las están pisando y matando; es hora de que tengan un mundo bonito que puedan gozar, un lugar donde vengan a entretenerse”. Y así se estuvo un rato más, chiflándoles, convocándolas.

Aquí en Monterrey tenemos museos. Sí, los hay. No son muchos pero los hay muy buenos y notables. Algunos se quejan de que necesitamos tener más museos. Pero la razón por la cual no tenemos más museos es porque no sirve de nada: la gente apenas y no sabe para qué sirven. No quiero decir que no sean necesarios, nada de eso; sólo apunto que tenemos la cantidad de museos que la población necesita de acuerdo a su nivel cultural y a su curiosidad. Por tal razón no propongo la creación de nuevos espacios culturales, porque es dinero tirado a la basura. La inversión debe darse en otras áreas: la educación, en primer plano; en la escuela y en la casa. En la escuela es un problema pero tiene solución; lo de la casa es un callejón sin salida: ahí los niños repiten lo que aprenden de los papás y me temo que el escenario es por lo general, malo. No se despierta la curiosidad por atender un sitio que pueda estimular los sentidos y el intelecto. En su lugar, se genera una cultura subnormal basada en la apreciación fanática del futbol, el culto al alcohol y las telenovelas, entre otras banalidades.

En Monterrey los museos son como las criptas que guardan a las momias de Guanajuato, pero a diferencia de estos, las chingadas momias sí generan un interés tremendo y un flujo que da envidia. Quizá por el elemento mórbido, vaya usted a saber, la cosa es que son más efectivas que lo que tenemos aquí.

El intento se hace: llevan a los niños en grupos al museo con visitas guiadas y todo el cuento, pero a estas pobres criaturas toda esa información les entra por un oído y les sale por otro agujero. No es parte de nuestros hábitos ni de nuestra cultura regional ver por la cultura, la ciencia; el nuestro es un rancho con otras prioridades e intereses. Se supone que estaríamos entrando en una fase cosmopolita que se reflejara en la creación de espacios y actividades de esa naturaleza, pero eso no ha ocurrido.

Y no es a cuánta gente metes al museo por unidad de tiempo, es el efecto real que tiene en el estado general de la población que, como ya dije, es nulo.

No necesitamos museos, se requiere que la gran masa que habita en esta ciudad cambie de estatus mental y comience a educarse. Sí: hubo un tiempo en que se hizo un esfuerzo auténtico por impulsar la cultura, pero pronto se dieron cuenta estos mecenas y filántropos que estaba de más meterle tiempo y dinero al asunto. Ciencia y cultura en Monterrey son lujos, no una cosa de todos.

Por lo pronto lo que sí podemos hacer es crear recorridos interesantes con basura y otros objetos para que insectos como las hormigas puedan tener un lugar de esparcimiento adecuado; estoy seguro que ellas sí valorarán tal esfuerzo. Además, hay un chingo.

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