Moral obsoleta

Algunos de los principios éticos que fueron comunes hace siglos bien pueden no tener ya la validez que nuestros antepasados valoraban.

Nuestro comportamiento de todos los días se basa en una serie de máximas y supuestos que tienen miles de años de antigüedad. En la escuela nos enseñaban civismo, que era cosa buena y necesaria pero padecía de un serio defecto: se basaba en la moral cristiana. Así, nos indoctrinaron en una serie de principios cuya base era una agenda creada a partir de los designios y deseos revelados de un dios en una religión construida a partir de un complejo proceso histórico que ha evolucionado hasta la aberración que vemos hoy. También nos mencionaban el irrisorio Manual de Carreño, un libro de buenas costumbres escrito en el siglo XIX y que contenía consejos para prácticamente todo: desde cómo caminar por una banqueta hasta cómo llevarse una cuchara a la boca. Empero, el libro pecaba de algunas cosas; era muy detallista y estricto, misógino, tendencioso en cuanto a religión refiere y muy conservador. Hoy, la sola mención de esta obra es materia de broma. Sin embargo, mucha gente aún se comporta como si hubiera llevado un doctorado con este libro.

Recuerdo la fábula del conejo y la hormiga: la hormiga trabajó todo el año arduamente para acumular víveres y así estar preparada para el frío y duro invierno. El conejo pasaba por ahí y se reía de la hormiga, que sudaba largas horas bajo el sol. Ella, a su vez, le recriminaba perder el tiempo, y amenazaba: “Cuando llegue el invierno, pasarás hambre y frío”. Pero el conejo, despreocupado, gozaba la vida. Y el invierno llegó. Esa tarde se encontraba plácidamente la hormiga en su casa, con pantuflas, bufanda y bebiendo una taza de espeso y rico chocolate. En eso se escuchó el ronroneo de un motor y un retumbar intenso hizo temblar toda la casa, seguido del llamado de un claxon estridente. Alarmada, salió a ver lo que ocurría, y grande fue su sorpresa cuando vio al conejo en un auto convertible último modelo, con dos conejitas de Playboy abrazándolo. Venía vestido con traje de diseñador, gazné y gafas a la moda. “Pero, no entiendo”, exclamó la hormiga, “tú no hiciste nada en todo el año y ahora, ¿esto?”. Y el conejo, riendo como de costumbre, explicó que una tía millonaria recién había muerto y habíale heredado toda su fortuna. Entonces aceleró y se perdió en el camino, dejando a la hormiga envuelta en una nube de polvo y monóxido de carbono.

Debemos actualizar nuestra manera de percibir la moral. Algunos de los principios éticos que fueron comunes hace siglos bien pueden no tener ya la validez que nuestros antepasados valoraban. Podemos reformular estas máximas y adaptarlas a lo que vivimos ahora, porque las circunstancias son distintas y porque las sociedades evolucionan. Encima, no todas las sociedades son iguales ni comparten los valores que en occidente nos son normales, y eso demuestra la relatividad de los postulados éticos y morales en los cuales confiamos nuestras vidas.

El comportamiento humano no es un asunto que pueda quedar encapsulado en una serie de reglas, ni en 10 mandamientos ni en 7 pecados capitales, es un fenómeno muy complejo y cambiante y debemos cuestionarlo constantemente. Hay que ponernos a pensar en serio sobre lo que sentimos y creemos, y cómo esto afecta nuestra conducta. Nuestra felicidad depende de esto.

La moral se construye bajo consenso, no con dogmas, chantajes y mentiras. Las iglesias católica y cristianas no tienen ninguna autoridad moral para decirnos cómo debemos comportarnos. De hecho, sus reglas envilecen a la sociedad y crean desajustes psicológicos graves. Que no lo engañen.

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