Momias

Es crispante ver figuras humanas que han permanecido relativamente conservadas y en cuyos rostros nos vemos reflejados. Nos identificamos con ellas.

Hace unos meses estuve en Guanajuato. Apreciando las momias pude notar el calzado que muchas portaban, muy a la moda de las épocas en que murieron. Algunas estaban descalzas y veíanseles las uñas, largas y retorcidas; se compenetraban con los rostros tensos con la boca abierta, los ojos desorbitados, la piel como papel viejo y picado, y el cabello desaliñado y fino.

El otro día en el súper iba yo detrás de dos señoras ya mayores cuando me topé a un amigo que hace tiempo no veía. “¡Hola!”, dijo, y nos abrazamos. Luego vio a las señoras y preguntó: “¿Quiénes son esas pinches momias?”. Le dije que no las conocía, seguimos conversando un rato y nos despedimos. Con frecuencia asociamos a los ancianos decrépitos con las momias, por su avanzada edad y la textura rugosa de su piel.

Las momias sorprenden y horrorizan porque son humanos que no terminaron de desbaratarse, quedaron en una especie de estado transitorio y, peor, con gestos claros que denotan emociones, la mayoría de terror, dolor y desesperación. Y no que hubieran sido enterrados vivos, sino que los músculos de su rostro se contrajeron y ésa es la apariencia que dan.

Es crispante ver figuras humanas que han permanecido relativamente conservadas y en cuyos rostros nos vemos reflejados. Nos identificamos con ellas pero algo dentro de nosotros que no nos permite considerar la posibilidad de tener que morir y podrirse. No son meros muñecos de escaparate, son pruebas contundentes de una realidad a la que no terminamos de acostumbrarnos. La fascinación que generan es tal que siempre está por encima de otros estímulos como el sexo. En el filme de Ingmar Bergman, El séptimo sello, dos caballeros medievales entran a una iglesia y ahí ven a un artista pintando un fresco sobre la pared:

-¿Qué pintas?

-La Danza de la Muerte

-¿Eso es la Muerte?

-Sí, ella baila con todos

-¿Por qué pintar eso?

-Para recordarle a la gente que va a morir.

-Eso no los hará más felices.

-¿Para qué querría hacerlos más felices siempre? ¿Por qué no asustarlos un poco?

-Entonces cerrarán sus ojos.

-Créeme: de esa manera mirarán. Un cráneo es más interesante que una golfa desnuda.

En el filme clásico Santo contra las momias apreciamos el esfuerzo del héroe del ring y sus secuaces por vencer a un grupo de momias. Luchar contra la muerte se transforma en un asunto moral donde se debaten el bien y el mal; morir es un acto natural y uno no puede regresar, es una violación de las leyes naturales, es algo perverso, una atrocidad que va en contra del equilibrio de la sociedad. Pero también luchamos contra nuestra tendencia a negar la realidad y a crear un esquema que conquiste a la muerte y la transformamos en algo épico. Me viene a la mente la pintura El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel; es pasmoso ver a la muerte arrasando con todo. Por eso la momia es una especie de triunfo raro sobre la muerte, que no ha logrado desaparecernos del todo y por ello queremos reanimarla, aunque sea de manera aberrante.

Caminamos con el horror a cuestas, soñándolo, inventándolo, esperándolo, lo viviremos una eternidad. Nuestros cuerpos van degenerando, recordándonos que la vida es esencialmente un fenómeno de corrupción y la muerte uno de violencia total.

chefherrera@gmail.com