Miley Cirus y bandera

La mayoría de las personas no se detienen a razonar ni lo que pasó ni lo que sienten ni cómo reaccionan. Eso es peligroso. Sencillamente estallan.

Una cosa que no me gusta hacer es escribir una editorial al calor de los hechos. Primero, porque un hecho —casi— siempre tiene varias fases: un antecedente, tensión, clímax y consecuencias. Con lo de la pendejada de la bandera y el concierto de Miley Cyrus de esta semana nos faltan las consecuencias; el aftermath. Y eso es importante porque supone la totalidad del hecho, que ya habrá sido transformado en un fenómeno histórico, y así es más fácil entenderlo. El problema es que muchos viven de la comidilla del día y no se esperan a que las cosas se enfríen y así ver cómo evoluciona el asunto. Hace años fui a Londres y ahí me compré un rollo de papel sanitario impreso con el Union Jack (la bandera del Reino Unido); todavía lo venden, y es muy popular. Y no la hacen de pedo. Aquí es otra historia; las reacciones son violentas, viscerales y hasta surrealistas. A mí me acojonan cosas que vi en redes sociales; me hacen pensar que estamos en el Islam o algún sitio primitivo con leyes y creencias radicales y ritualísticas.

La mayoría de las personas no se detienen a razonar ni lo que pasó ni lo que sienten ni cómo reaccionan. Eso es peligroso. Sencillamente estallan. Cualquier sujeción mental o cultural que ignore la decisión de utilizar la razón y el diálogo para evitar llegar a un control de las emociones va a generar reacciones violentas e irracionales. Leí que: “Doy mi vida por México y aquí no viene una extranjera a insultarnos”. Qué miedo. Manden a esa gente al psiquiátrico. No hace falta dar la vida, sólo hacer algo concreto para mejorar la que tenemos. Esos pinches melodramas vienen como consecuencia de una indoctrinación crónica en telenovelas, futbol y exceso de alcohol, y esa tumefacción psicosocial nos mantiene hechos unos pendejos fanatizados incapaces de actuar efectivamente y de ver las cosas desde una perspectiva más relajada y objetiva.

Pero la experiencia catártica va más allá de la lógica y la paciencia. Me parece que de eso se trata: entretenimiento y argüende; tocar puntos sensibles y álgidos es una especie de deporte subrepticio, tanto para los que alborotan como para los alborotados.

¿Nalguearon a la niña con nuestra bandera? He visto cosas peores, como un gobierno asesinando a tiros a su propia población por manifestarse en contra de algo, policías corruptos que van desde una mordida hasta una flagrante colaboración con secuestradores y narcotraficantes, y directores de sindicatos que viven como jeques y multimillonarios: no hace falta traer a una extranjera para desecrar lo que representa la bandera.

No estoy diciendo nada que otros ya hayan dicho: pero hay que repetirlo para que a los fanáticos nacionalistas se les meta bien en su reducido cerebro que el país está hecho una auténtica mierda porque no hemos sido capaces de tomar acciones concretas para resolver problemas graves y los hemos dejado evolucionar al grado que ya no pueden arreglarse en un plazo ni corto ni mediano. Y con esa actitud vienen a mortificarse por una (esta es la tercera vez que lo digo) pendejada cuya única consecuencia es reivindicar la fama que tiene la cantante. Porque así es ella y así seguirá. El problema somos nosotros. Nadie se alebresta por las cosas que afectan no su presente, sino su futuro. Y lo de la bandera en el culo es algo que seguramente pasará a los textos de historia, y así dirán entonces, más relajados: que el culo de Miley Cyrus fue enaltecido con las históricas glorias de la patria en su paso por este rancho nuestro.

Viva México y que siga el show.

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