Miedo

El miedo incapacita a las personas a reaccionar; callan para no meterse en problemas y porque no saben cómo lidiar con lo que sea que los amenaza.

Le tengo rabia al silencio, por lo mucho que perdí:

Que no se quede callado, quien quiera vivir feliz

Atahualpa Yupanqui

 ¿Qué hace que las personas no hagan y digan lo que tienen que hacer y denunciar? El miedo.

Además de tenerlas manipuladas psicológica y químicamente con mercadotecnia, religión y alcohol, el miedo es un factor imprescindible para acojonar a la gente y mantenerlos a raya.

Y no falla.

Todos hemos pasado por ese proceso. Desde la extorsión que procura un miserable oficial de tránsito (“si no nos arreglamos, la multa le sale al triple y además le hablo a la grúa”) hasta la amenaza directa y sin rodeos.

El miedo incapacita a las personas a reaccionar; callan para no meterse en problemas y porque no saben cómo lidiar con lo que sea que los amenaza. Usted ha visto muchas escenas en las películas donde un tipo se ve asediado por una banda de macuarros y después de un rato se da cuenta que si convoca a otras personas para ayudarle se genera una fuerza poderosa y organizada capaz de repeler cualquier ataque. Pero eso rara vez lo vemos en la vida real: aquí todos corren a esconderse y a esperar a que pase la crisis. Pues yo digo que ya no estamos para eso; en las colonias donde se tiene una mesa directiva con su presidente, tesorero y así, existe esta estructura valiosísima para convocar a una gran cantidad de personas que comparten un espacio común y comunicar cosas. Por ahí se puede empezar: por juntarse y conversar acerca de cuáles son los problemas o amenazas inmediatas y entonces proponer soluciones. Lo digo porque en un país donde la Policía es ya parte efectiva del crimen no queda de otra. Y ya sabemos que denunciar es un arma de dos filos; por ahí no va tampoco la solución. Hay que consolidar mejor nuestra sociedad, hacer algo a lo que no estábamos acostumbrados y abrir canales de comunicación que habían permanecido obstruidos. Los problemas no empiezan a resolverse porque no se tiene una conciencia de ellos y porque todos esperan a que otros los resuelvan. Pues le tengo una noticia: esos “otros” somos nosotros, nadie más. Resolver nuestros problemas debería ser una agenda constante, no un proceso anquilosado en el miedo, la pereza y la confusión; debe ser clara prioridad.

Hace tiempo fui invitado a participar como juez en un concurso de cocina de poca monta. Ya para evaluar a los participantes se acercó uno de los organizadores del evento y me dijo: “mira, compa: el concursante número 8 va a quedar en tercer lugar; el primero y segundo lugar me valen madre, es cosa tuya”. Quedé patidifuso. Me invadió la rabia, pero no me sorprendió que este proceso, que se ve desde los tribunales hasta en las elecciones de gobierno se haya manifestado en algo tan trivial como un concurso. Ese es el estado normal de las cosas en nuestro país.

Viví el miedo en más de una ocasión y en distintas intensidades y déjeme decirle algo: tuve suficiente. Sé cómo confrontarlo y hoy no voy a permitir que ningún payaso ni mequetrefe me vengan a  intimidar: ya no estamos para eso. Hoy somos muchos —tantos— que juntos vamos a empujar esa fuerza nefasta y replegarla a un rincón oscuro.

Si usted calla, otros se van a aprovechar de ese silencio, que es un espacio, una oportunidad, y lo van a utilizar en su contra: cuidado. Hay muchas maneras de asustar a las personas pero no olvide que quienes lo hacen son gente común y siempre hay manera de joderlos.

No se quede callado, diga lo que tenga que decir y dígalo duro y fuerte: grítelo a boca de jarro. Y si lo amenazan o coaccionan de cualquier manera, siempre hay una muchedumbre detrás para defenderlo.

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