¿Medicina?

A lo largo de mi vida me ha tocado recibir terapias y medicamentos cuestionables. Una vez me caí de espalda saliendo de una piscina; estuvo fuerte el putazo.

Fui a dar a una clínica y ahí el médico me dijo que como en la rutina exploratoria no había escuchado ruidos crepitantes en los huesos, descartaba la necesidad de sacar una placa radiográfica. Añadió que él no creía en la radiación porque, si resultaba propenso a desarrollar algún tipo de cáncer, pues la radiografía podría desencadenarlo. Imagínese.

Dado que la radiografía puede revelar algo más que fracturas, fui por una segunda opinión. En otro hospital me sacaron una placa y sólo me diagnosticaron una fuerte contusión y contracturas. La doctora que me atendió expide una receta con varios medicamentos; un antiinflamatorio, potente analgésico y otra sustancia que no reconocí.

-¿Esto qué es?, -pregunté-. Ah, -exclamó; es un medicamento homeopático. Sorpresa. No esperaba que un médico incluyera en mi coctel una sustancia de esa naturaleza. Eso desencadenó un cuestionamiento muy específico de mi parte: -¿Sabe usted que si aplicamos el número de Avogadro para este medicamento encontraremos que la cantidad de moléculas del supuesto ingrediente activo es prácticamente cero? -Bueno; supongo que eso es cierto, -respondió la alumna de Hipócrates. Y, -continué-: si no hay aquí ningún trazo de sustancia activa, ¿de qué sirve? -Pues yo se lo voy a decir: sirve para una chingada.

-Bueno, -respondió-, se sabe que tiene un efecto placebo. La respuesta me dejó boquiabierto. -¿Cree usted que después de la conversación que acabamos de tener necesite yo de un placebo? -Pues no. Se lo cambio por una botella de ron, -dije-, y salí de ahí no sin antes tachar con mi pluma la medicina de la receta.

La cosa no terminó ahí. Como parte del tratamiento recibí terapia física; ejercicios, compresas y así. El terapeuta me aplicó unas bandas elásticas en la espalda, como las que se usan en medicina del deporte. Hasta aquí todo bien. Noté que las bandas venían de colores y que me había puesto unas de color rojo y otras azules.

-¿Para qué sirven los colores? -pregunté-. Entonces me dijo algo que me dejó meditabundo: -La teoría dice que las bandas rojas generan calor, mientras que las azules provocan frío. -Ajá, -contesté. Le pedí me mostrara la caja donde venían las bandas y no hallé ninguna leyenda donde especificara si las vendas venían impregnadas de algún químico. -Mira, -le dije en tono firme y serio, las leyes de la física son claras y no podemos ni romperlas ni inventarnos unas nuevas. Si estas vendas no tienen sustancias químicas o alguna otra fuente de energía capaz de generar la sensación de calor o frío, no hay manera de lograrlo; los pigmentos sólo son capaces de darnos estos colores que ves aquí.

Creencias absurdas de siglos pasados, sustancias que no tienen nada pero que son capaces de curar cualquier cosa y pedazos de tela pintada que generan energía mágica. Estos son apenas algunos ejemplos de creencias ridículas que cargamos como un lastre irrisorio en una época de avance e iluminación científicos.

¿Por qué seguir aferrados a estos postulados y supuestos que ya han sido desechados y demostrados como charlatanerías, supercherías y flagrantes tonterías? Queremos seguir creyendo que existe algo más que las leyes de la naturaleza y que somos capaces de invocar estas fuerzas y manipularlas para lograr efectos sorprendentes.

La verdadera magia está en la naturaleza y en la manera en que vamos descubriendo y develando sus leyes y secretos.

El día en que nos maravillemos de esto dejaremos de creer en pendejadas. Hasta ese día.


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