Masturbador

Tal vez el perverso en cuestión no estaba excitado con la dama de al lado; hay que pensar que quizá venía pensando en alguna novia (¿o novio?)

“Ese día dejé el carro en el taller y me fui al trabajo en autobús. Tenía tiempo de no subirme a uno y al principio me pareció un poco raro pero me acostumbré. A mi lado venía un tipo pero ni me fijé en él; no me gusta ver a la gente porque o se ponen a platicar o creen que les estás coqueteando, así que me ocupé en lo mío y el camión siguió su camino. Unas cuadras después ocurrió, escucha esto: el tipo se sacó el pene y comenzó a masturbarse durísimo, así nomás. Sentí una mezcla entre asco y miedo; me paré, corrí a la puerta y me bajé tan pronto se abrió la puerta”. Este drama de la vida real lo escuché de la novia de un colega, hace unos días. Le pregunté si llevaba puesto algo provocativo, ya sabe, minifaldas, blusas translúcidas y así. “No”, contestó tajantemente; “iba con jeans y una blusa normal, equis”. Comentando esto con otro amigo, dijo: “Mira, qué curioso; a la señora que nos ayuda con la limpieza le pasó lo mismo en un camión”. ¿Será la misma persona? Puede ser.

Capta mi atención la naturalidad y espontaneidad de sacarse la pinga y frotarla dentro de un autobús. Tal vez el perverso en cuestión no estaba excitado con la dama de al lado; hay que pensar que quizá venía pensando en alguna novia (¿o novio?) o que sencillamente le erupcionaron las pasiones y tuvo que desahogarse. El caso es que es una persona que obedece más a sus impulsos momentáneos que a las restricciones sociales y morales impuestas por el sistema educativo. En tanto que no es un buen candidato para la medalla al mérito cívico, a este tipo hay que hacerle una estatua. ¿Un busto, quizá? Pero de la cintura para abajo.

Me recuerda al notable caso del comediante Pee Wee Herman (Paul Reubens), quien fuera arrestado en 1991 en un cine porno en Florida sorprendido infraganti masturbándose. Detectives comisionados a supervisar estos cines lo pillaron en uno de sus rondines y lo guardaron en la ergástula. Esto me lleva a cuestionar no la expresión de las pasiones del comediante, sino el hecho de permitir un cine porno y al mismo tiempo vigilarlo con policías y arrestar a perversos y cochinos que practiquen el fino arte del onanismo en ellos. Entonces cierren el puto cine, ¿no? Se supone que a eso va uno a esos lugares.

Los bonobos del Congo son particularmente intensos y expresivos en su conducta sexual; sólo hay que ver los hilarantes videos donde se ven a estos animales fornicando de manera casual y constante. ¿Por qué lo hacen? El sexo genera y fortalece nexos, funciona como intercambio de emociones y para reproducirse. No es muy distinto a nuestro comportamiento en ese rubro. Y también son proclives al autoerotismo, costumbre que perturba a algunos: para estos grupos de moral y religión extrema, los bonobos son seres perversos, pecaminosos e incurren en conductas escandalosas. En la jungla, claro.

No cabe duda: demostramos conductas sexuales muy complejas. Y van más allá de una mera percepción de perversidad o “conducta inapropiada”; no hay que simplificar las cosas de esa manera. Tampoco digo que uno deba sacarse el miembro a mitad de una piñata o un servicio religioso y desahogar cadencias; en tanto que no representa un riesgo para la salud o la integridad física de terceros convendría hacerlo en privado, con o sin la asistencia de un tercero.

En todo caso hay que extremar precauciones; señora, señorita, ándese con cuidado; hay un masturbador suelto y le puede tocar a su lado. Recomiendo que, si no va a asistirlo en su desfogue pasional, déjelo en paz. Nomás no se le acerque mucho.

chefherrera@gmail.com