Maestro Chambitas

Aunque presuman de ser técnicos profesionales, no son más que una manga de oportunistas, chileros, desbarajustados y valemadristas.

Ayúdeme a entender qué está pasando en este país porque yo solo no puedo. Este año fue de hacer berrinches y pasarla de frustración a resignación fatal; de todos los servicios que contraté no hubo uno libre de problemas. O sea que fue chingadera tras chingadera. Primer caso: ¡Carpintero! Qué noble profesión. Resulta que había que reparar unas sillas en el restaurante, hacer una puerta de mosquitero para mi casa y reparar un librero. ¿Suena fácil? Debería serlo. Pero para un carpintero mexicano, especialista en inventar excusas, hacer mal las cosas y entregar el trabajo mucho más tarde de lo acordado, la palabra "fácil" sólo se aplica cuando se trata de hacerse pendejo. Ni para qué le sigo: las sillas siguen descuacharrangadas, el mosquitero lo hizo otro carpintero y el librero, triste y cabizbajo, sigue esperando a que le metan mano.

¡Soldador! Como soy de Monterrey me mandé hacer un asador. Elaboré un diseño, compré los materiales y fui con uno de esos soldadores que te prometen precio bajo y entrega rápida. Sí, cómo no. Primero, no respetó el diseño y elaboró el asador como a él le parecía que debían ser las cosas. Luego subió el precio, porque el diseño –que él modificó– exigía más mano de obra. Tercero: estaba mal soldado y las reparaciones y ajustes me las quería cobrar. Por último, se tardó tres veces más en entregar. Además le pedí que si el día de entrega no tenía listo el producto, que me marcara para no darme la vuelta en balde; imagine lo que ocurrió.

¡Plomero! Acomodar bien un desagüe, cambiar un empaque de una tubería que goteaba e instalar una llave de paso. Hasta suena divertido; como para hacerlo uno mismo un domingo en la mañana. Pues eso es lo que debí haber hecho en un principio, porque todo le quedó mal al especialista. Fui a la ferretería a comprar todo el material que me pidió porque ya no confío en ellos; lo más seguro es que pidan de más o compren material más barato. Mejor compro yo todo y me concentro en supervisar el trabajo, pues si no te chingan por un lado, te joden por otro, porque de los tres trabajos que le pedí ni uno salió como debía. Al grado que me metí al YouTube y me eduqué a mí mismo en los temas requeridos, y ¿adivine qué? Pues que terminé sacando la chamba correctamente y sin el berrinche y la pérdida de tiempo. Bien ahí.

¡Electricista! A diferencia de la plomería o la carpintería, con lo eléctrico no me meto. A menos que sea cambiar un foco, prefiero que otro lo haga. Ese día se tenían que habilitar dos enchufes y reparar el cable de un abanico de techo. Este último quedó, extrañamente, bien. Pero los enchufes de pared no; casi me electrocuto. Al tratar de conectar un radio comenzó a echar chispas y humo y se apagó la mitad de la casa. Casi me da un infarto del susto. Además, el material que había sobrado se lo llevó el técnico, imagínese. Parece que tomó muy en serio ese dicho que reza que "los pelos son del peluquero". Ni hablar.

A todos estos profesionistas yo les llamo "Maestro Chambitas" porque, aunque presuman de ser técnicos serios y profesionales, no son más que una manga de oportunistas, chileros, desbarajustados y valemadristas. Encima, son cínicos: después de hacer mal las cosas se quejan y terminan echándole la culpa a un tercero.

Así las cosas. No falta el optimista que me va a decir: "N'ombre, yo conozco a uno muy bueno, deja te paso su celular...". No hace falta: todos están hechos con la misma plantilla y vaciados con el mismo molde. No tiene solución, de veras. Porque es un asunto de actitud, de educación, de compromiso, y a nadie le importa. ¿Que si hay excepciones? ¡No estamos buscando excepciones, queremos que lo bien hecho y la responsabilidad sean la regla, coño! ¿Por qué nos es tan difícil cambiar de actitud? Para qué. Síganle así, haciendo las cosas a lo pendejo. Vale madre; total, es México güey.

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