Loquito

Hace unos días me llegó un mensaje por Facebook. Se lo copio:

-¿Qué onda, Adrián? ¿Cuándo me invitas a tu restaurante? El Señor Jesucristo te ama, y dio a su único hijo para que tú y yo fuéramos salvos; él te ha dotado de grandes talentos como el que tú posees.

-Entiendo, pero ¿el mensaje religioso viene por alguna razón en particular?

-Sólo que Dios te ama y que está tocando las puertas de tu corazón.

-Lo siento; no he escuchado semejante llamado. ¿Sí sabes que soy ateo?

-No me interesa si eres ateo, budista o lo que sea. Sólo quiero compartirle que hay un Dios que lo ama con todo su corazón, así como usted anhela lo más preciado en su vida, así lo ama el Dios de los ejércitos. Que pase una estupenda tarde, chef.

-Y yo quiero compartirle que semejante Dios no existe. Pase usted buena tarde también.

Me perturban esta clase de conversaciones.

Sobrepasan a mi capacidad para resolver el problema del fanatismo y por tal razón las evito, pero hay veces en que sencillamente no puedo eludir el asunto y me persigue con tal persistencia que hasta he llegado a creer que ese Dios en el que no creo sí es real y me está fastidiando sólo por el placer de hacerlo. El caso es que mi interlocutor no parece entender que existen personas con creencias (o no creencias) distintas a las suyas y esto parece importarle una contundente chingada. Y esto es un comportamiento clásico de los fanáticos: sus creencias están por encima de todas las otras ideas, religiones y posturas. Una cosa es emitir una opinión sobre lo que sea y otra muy diferente necear por encima de la razón, la pluralidad y el simple hecho de que hay personas que no quieren ser molestadas por credos religiosos, políticos, gastronómicos, deportivos o ecológicos.

El punto es que yo no ando haciendo proselitismo para convencer a las personas que deben creer, comer o leer lo que a mí me gusta. Vayamos al tema del veganismo; usted sabe que me irrita esa postura. La lógica detrás del veganismo -igual que en la religión- es la exclusión. Esto quiere decir que sólo se puede creer en una cosa o sólo se deben de comer ciertas cosas y lo demás es esencialmente malo. Me molesta porque mi manera de pensar es lo contrario; pienso que debemos ser incluyentes, nos guste o no. Si una postura no es racional y produce taras culturales que generan problemas o limitantes, hay que cuestionarla y cambiarla. Erradicarla, incluso. Cuando una persona no quiere escuchar razones que pongan en peligro sus creencias, entra en él un proceso de angustia y lo primero que hace es defenderse. Y lo hace aferrándose a sus creencias y convicciones, por más irracionales o detrimentales que sean.

Eso es fanatismo y eso es peligroso.

El loquito de la conversación por Facebook es un claro ejemplo: a él no le importa cuál sea mi creencia (o mi falta de creencia), lo importante es que él cree en algo absolutamente cierto y todos debemos asumirlo de esa manera. Esa actitud me asusta porque esa gente es capaz de hacer lo que sea para forzar sus creencias, y eso porque esas creencias están justificadas por su Dios (o dioses) y eso les permite hacer lo que sea, incluso pasando por encima de los derechos fundamentales de las personas. Para ellos, las leyes civiles están por debajo de la autoridad divina y esto representa un riesgo para la libertad de pensamiento y para el progreso de nuestra sociedad que, hay que decirlo, no es muy pensante que digamos, porque la religión ya se ha entremezclado con las tradiciones de tal manera que es prácticamente imposible escindirlas de lo racional. O sea que no tenemos remedio. Por lo pronto me voy a esconder en un sótano, no vaya a ser que el Dios de los ejércitos me mande una plaga o lumbre desde el cielo; he leído que es particularmente irascible y vengativo.  


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