Largo día

No logro adaptarme a esta ciudad, hay que llevar un curso para sobrevivir al DF.

Tocaron a la puerta. Sobresaltado, brinqué de la cama y abrí: era la mucama. Se disculpó e informó volvería después. La culpa es mía: olvidé colgar en la perilla el anuncio de “no joda”. Son las putas 9 de la mañana y no pensaba despertarme sino hasta las 11. Me bañé, me vestí y fui al elevador. Cuando llegó, sólo había un señor con tirantes y sombrero y apestaba a colonia. Estamos casi en el último piso del hotel. No terminaba de bajar un par de niveles y se detuvo; ahí recogimos a una señora con bultos. Tres pisos más abajo hicimos otra escala y ahí se subió una flaca. Otro piso más y se integró un pelón raro que a todos causó ansiedad. Cuando creímos que ya nos fletábamos hasta la planta baja, el elevador se detuvo de nuevo y recibimos a dos gordos risueños. Ya íbamos muy apretados, y cuando se volvió a detener en el piso ocho supe que éste iba a ser un día muy largo.

En el restaurante se tardaron en llevar café y otro tanto en ofrecer la carta. Y del servicio ni le cuento: bien me debí haber ido a la calle a un puesto de fritangas que se veía muy bueno. Pagué la cuenta y salí a tomar un taxi; no tardó uno en detenerse y me subí. “Al centro”, ordené, y el vehículo aceleró. Pero sabiendo que ya las cosas habían empezado mal, no pasó mucho tiempo antes de que otro infortunio me aquejara: al taxi lo sacó un camión de la avenida principal y nos salimos por la lateral. Y que nos agarra el tráfico. Un poco más de una hora para salir de ahí. El taxímetro, avaricioso y voraz, acumula pacientemente centavos y pesos. Por fin salimos del atolladero y creyendo las cosas se iban a componer, fui víctima de una marcha de ésas que en el DF engalanan y adornan las calles y fastidian el flujo normal de las cosas, de por sí caóticas: otros 20 minutos para sacarle la vuelta a la marcha gay. No termino de comprender qué quieren; si de lo que se trata es de festejar que son gays y que han triunfado en lo de la igualdad de derechos y así, perfecto, aplausos; sólo pido renten un espacio adecuado para tal efecto: ¡no tapen Reforma! Bueno, peores son los maestros; ésas sí son personas perniciosas, pero ése es tema que no voy a tratar aquí hoy.

La librería tiene un cafecito dentro; lo que quiero es comprar un libro, sentarme a leer y a tomarme un café; por supuesto que eso no va a ocurrir, está lleno. Espero un rato y justo cuando se levanta una pareja, los de a lado jalan la mesa, la pegan a la suya y pronto llegan dos amigos y la ocupan. Además, el libro que busco está agotado. Intento comprar otro libro pero la fila para pagar es larguísima y, encima, parece que hay un problema con el sistema. Suficiente: dejo el libro y me voy. Ya da la hora de la comida y busco un lugar adecuado. Llego a un restaurantito de especialidades mexicanas y tan pronto me siento me doy cuenta de que el desayuno del hotel me ha caído mal: tengo chorrillo. Al retrete, pues. Luego de un rato vuelvo al comedor y descubro que mi mesa ha sido tomada por una pareja de ¡gays! Me rindo. No logro adaptarme a esta ciudad, hay que llevar un curso para sobrevivir al DF. La ciudad es hermosa, grandiosa y decadente y tiene sus maneras (¡tantas!) de fastidiarlo a uno. Camino por la ciudad, sin sentido ni objetivo alguno hasta que se termina la tarde y llega la noche. Tomo un taxi de regreso al hotel. Exhausto, subo a los últimos pisos, camino por el pasillo imaginando cómo voy a llegar a arrojarme a la cama de mi cuarto a descansar, pero al insertar la llave electrónica veo un foquito rojo encenderse: se ha desprogramado. Hay que bajar a recepción.

No podía haber ocurrido de otra manera.

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