Ignorancia científica

Esa noche veíamos las estrellas con mi telescopio. Este amigo bebía copiosamente y se hacía tantas preguntas, pero no eran sobre cómo era el cosmos o por qué del movimiento de los astros. No: quería saber por qué estábamos viendo las estrellas con un telescopio. "Mira", le dije, "ven a ver a Júpiter". El tipo se acercó, vio a través del ocular y le expliqué que las franjas que atravesaban al planeta se debían a corrientes atmosféricas que giraban en sentidos opuestos, que el planeta era gaseoso y que los cuatro puntitos luminosos que se apreciaban por encima eran las lunas galileanas, llamadas así porque Galileo había sido el primero en describirlas en 1610 y que además poseen una importancia geológica enorme, pues una de ellas podría tener vida. Esta información le entró por una oreja y le salió por la otra. "Entonces", preguntó, "es como una galaxia, ¿no?". Sospechando que el problema iba más allá de una experiencia bizarra con alcohol y un telescopio, le pregunté a otro amigo que ahí estaba si sabía lo que era una célula; "Ah, sí: es como cuando te enfermas, ¿no?". Este par de despistados no tiene idea de qué es un planeta, una estrella o una molécula. No entienden cómo está organizada la materia, desde un átomo hasta los aglomerados de galaxias. Y se graduaron de la universidad. Inexplicable.

Es un problema grave; desde la primaria recibimos instrucción científica para entender tres cosas fundamentales: cómo está organizada la materia, cómo funciona y cómo evoluciona. Además, llevamos una materia que se llama "filosofía" y que nos debe ayudar a cuestionar, bueno pues, ¡todo! Pero ninguna de estas disciplinas parecen tener un efecto concreto y efectivo en nuestras vidas.

Pienso que si no vas a ponerte a leer, por lo menos ayudaría ver algunos programas del Discovery Channel y similares. Claro, no es lo mismo que recibir un aprendizaje organizado, pero algo es algo. Hay quienes defienden la ignorancia argumentando que no sirve de nada saber astronomía o arqueología si uno no se dedica a eso. Saber cosas no tiene que ver nada más con su aplicación netamente práctica: debe su lógica a evitar la pobreza mental que nos limita e impide resolver problemas y evolucionar a ser mejores personas y tener una sociedad más informada y reflexiva. Hemos invertido siglos recabando información, nomenclaturando y organizando todo cuanto ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos; hemos gastado vidas enteras intentando entender todo, desde la circulación sanguínea hasta la composición de una estrella y todo ¿para qué? Para que llegue un pendejo con título universitario y declare, al ver a Júpiter, que "es como una galaxia, ¿no?"

En una época donde el conocimiento que hemos registrado en toda nuestra historia está disponible en una red virtual accesible de manera gratuita y a través de un aparato telefónico móvil, resulta absurdo y vergonzoso no saber nada. Yo me frustro porque no tengo tiempo para aprender cosas nuevas y estos idiotas no saben lo que es una célula, coño.

Hay que despertar el interés por el conocimiento y la reflexión crítica. Se supone que adquirir conocimiento debería ser algo tremendo, gratificante, y que alude a nuestra natural tendencia a ser curiosos, pero en su lugar optamos por la diversión banal y los estados mentales donde predominan el sopor y la mendicidad intelectual.

El conocimiento es la base de nuestro progreso y bienestar. Pero antes que eso, es un placer: es una de las cosas que nos hace ser lo que somos.

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