Historias

La realidad se construye, antes que nada, imaginándola, presintiendo sus posibilidades.

Cuando en la librería Rosario Castellanos del FCE encontré el volumen de Cuentos populares mexicanos de Fabio Morábito supe que estaba frente a una obra importante. Una recopilación de tradición oral de muchas partes de la República me remontó a las historias que yo mismo escuché en los ranchos en la Huasteca veracruzana y aquí, en Nuevo León. Para mí ese tipo de literatura es fundamental porque representa la base de toda literatura, la que se hace no desde la pluma, sino conversando: la pluma edita a la voz y la hace trascender.

A mis hijos les compro libros de cuentos, les leo algunos, veo que lean otros y luego nos sentamos a inventar historias. La niña va para los siete años y se la pasa inventando y preguntando cosas. Tal día llegó y dijo: “Soñé con un monstruo verde que se estaba comiendo mis pasos”, me dijo.

Ese día habíamos estado conversando sobre seres voladores iridiscentes que vivían en las nubes y otras criaturas fantásticas y fue cuando me dijo lo del monstruo. “¿Qué hace?”, pregunté; “se arrastra con unas garras grandes, me sigue a donde voy y se come mis pasos”. Le pregunté ¿por qué esto era particularmente angustiante? y contestó: “Se va comiendo mi historia, y si sigue así cuando crezca no tendré nada que recordar y mi vida será muy triste y aburrida”. Entonces le sugerí escribir un cuento sobre este monstruo y así lo hizo.

Hace unas semanas fuimos al rancho de mi prima en la Huasteca veracruzana. Pasar tiempo en el campo, sin celulares ni iPad pone a trabajar al cerebro. Una tarde estuvimos conversando sobre narraciones clásicas, entre las cuales se mencionaron algunas fábulas de La Fontaine y Kafka. Al rato la niña preguntó: “Papá, aquí en este lugar hay osos hormigueros?”. “Sí, muchos”, contesté. “¡Ah!”, exclamó. “¿Y son peligrosos?”; “si eres una hormiga, sí”, respondí. Entonces inventamos una historia conjunta. Quedó así: Había una vez un señor que vivía en una casa de campo. Todos los días en la noche abría la ventana de su cuarto y escuchaba el canto de las aves, los grillos y los sapos. Cierta noche, en un sueño profundo tuvo una pesadilla: un montón de hormigas se metían a su recámara y se lo comían.

Despertó, sudoroso y angustiado, se enjuagó la cara y regresó a dormir, pero notó algo raro. Abrió la ventana y todo estaba en silencio. No había pájaros ni grillos ni sapos y las hojas de los árboles se habían secado y estaban en el suelo. De pronto las hojas se transformaron en cientos de osos hormigueros que corrían hacia él. Se talló los ojos, cerró la ventana y pensó: “Es una pesadilla”; regresó a la cama, se cubrió con la sábana y cerró los ojos. Pero justo cuando comenzaba a quedarse dormido sintió cien lenguas con una saliva viscosa sobre su cuerpo. Trató de escapar; se levantó y sacudió a los osos y entre los lengüetazos se vio al espejo y se dio cuenta de que se había transformado en una hormiga gigante.

La realidad se construye, antes que nada, imaginándola, presintiendo sus posibilidades. La única manera de salvarnos es haciendo lo que hicimos al principio, cuando apenas éramos humanos y nos juntábamos alrededor del fuego: contar historias y comer. Retratarnos en ellas, configurar temores, deseos y soñar el futuro, hacerlo. Porque ahí, en ese momento perfecto de comunicación, la ficción no supera a la realidad: la ficción que creamos es la realidad. Nuestra única y valiosa realidad. La nuestra es la voz de un espíritu loco que todo lo sabe y lo intuye, pero que hemos silenciado. Debemos despertarlo, alborotarlo, ponerlo a contar historias, locas y extrañas historias alrededor del fuego.

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