Historias de supermercado 2

Somos tan dependientes de los supermercados. Son parte de nuestra vida de todos los días y ejercen una influencia enorme sobre nosotros.

1. Alerta Amber. Iba de un lado a otro, desesperada. “¡Juanito! ¡Juanito, hijo!”, le gritaba. Finalmente fue con el gerente y todos se pusieron a buscar a la criatura. Luego de una exhaustiva e histérica búsqueda el chico apareció: estaba en posición fetal, plácidamente dormido dentro de un carrito de supermercado, el mismo donde su madre lo había dejado casi una hora antes. La señora se confundió, tomó otro carrito que no era el de ella y en el suyo dejó al niño dormido. Se le olvidó. Al final, el niño nunca se enteró.

2. Abandonado. Desde hace muchos años veo este fenómeno y sigue ocurriendo. Vas por los anaqueles seleccionando tu mercancía y de pronto te topas con carritos abandonados llenos de mercancía. Algunos tienen dueño y andan por ahí, recogiendo cosas; otros los llenan los empleados, son abarrotes que han sido rescatados de partes donde no pertenecen y están ahí para ser reubicados. Pero hay una última categoría: hay personas misteriosas que van por todo el súper metiendo cosas en su carrito y al final se van y ahí los dejan. Le pregunté a un gerente que si eso era común. “Sí, cada semana vienen dos o tres personas y hacen lo mismo; nunca compran nada”, contestó. No dejo de pensar que pueden ser personas melancólicas, deprimidas, perdidas en el abismo del consumo desmedido en una ciudad vacía que ha perdido todo sentido de humanidad. O simples traviesos que gustan de poner a trabajar a los empleados del súper, vaya usted a saber.

3. Amigo imaginario. Va una septuagenaria empujando un carrito vacío en bata, con el pelo morado y hablando sola. Intrigado, voy detrás de ella, escuchando su conversación. Y tanta cosa que le decía, sobre una fiesta de gala de alguien con una casota, de un novio borracho que le gritaba, un vestido que nunca se pudo comprar y así. Lo curioso es que no echaba nada al carrito, solamente lo empujaba y conversaba. En sentido contrario vienen dos chicas, ven a la señora en su soliloquio y se atacan de risa. Después de recorrer un par de pasillos aparecen una enfermera y un chofer; la señora los ignora y ellos la escoltan fuera del supermercado al tiempo que alcanza a despedirse de su interlocutor inmaterial. “Adiós”, le dice, enviándole un beso.

4. Morralla. Con la mala suerte. Me tocó detrás de él y detrás venían otras dos señoras. El tipo descarga su mercancía, la cajera activa la banda transportadora y comienza a marcar. Al final recibe el total y este desgraciado saca un talego enorme lleno de monedas. ¿De 5 y 10 pesos? No. Centavos. El problema es que la cuenta sumó como mil pesos. Vació el talego y se puso a separar las moneditas; de 5, las de 10, y así. La cara de desesperación de la cajera y de los que estamos en la fila es patente. “¿Pueden echarse para atrás?”, les pido a las señoras que están detrás. “Pero ya está pagando el señor”, me dice una. “¡Usted no entiende! ¡Está pagando con centavos!”. Estoy exasperado. El tipo sigue contando y la cajera lo mira, patidifusa. Finalmente una se asoma, ve el espectáculo y entienden que hay que salir de ahí. Cómo habrá estado aquella faena que todavía salí del súper, guardé el mandado en la cajuela y regresé a comprar una charola de costilla que había olvidado, y el tipo seguía ahí. Para entonces la cajera ya estaba momificada.

Somos tan dependientes de los supermercados. Son parte de nuestra vida de todos los días y ejercen una influencia enorme sobre nosotros. Nos dicen qué comprar, cómo comer y en qué condiciones. Dentro hemos desarrollado una serie de conductas extrañas que sólo pueden darse ahí. Es un sitio algo extraño, único.

 chefherrera@gmail.com