Historias de supermercado 1

“Señora, aclaró el gerente, “el chef no trabaja aquí, es un cliente”. La expresión en la cara de aquella mujer se transmutó en una expresión de vergüenza.

Soy cocinero y voy seguido al supermercado, por lo menos tres veces por semana. Y cuando uno frecuenta mucho un sitio desarrollas esta capacidad para mimetizarte con el entorno, lo que te da una ventaja como observador. Y he visto tanta cosa rara. Tengo una colección de anécdotas, le platico algunas:

1. Puto y borracho. Entró tambaleándose. Así anduvo un rato hasta que dio con el refri donde estaban las cervezas. Abrió una lata y se la bebió casi de un sorbo. Entonces se quitó la camisa y se dirigió a donde la ropa de dama. Estuvo apreciándolos todos hasta que seleccionó uno de color fucsia, monísimo. Se puso el brasier y regresó por otra cerveza. En el camino se emocionó con un barbón de lentes y le mandó besos. Abrió otra lata y se dirigió a donde estaba el módulo de las golosinas; es un mueble grande con muchos compartimientos llenos de dulces de todo tipo, y el borracho con su brasier comenzó a meterse a la boca gomitas, chocolates y cuanta cosa tocaban sus dedos, y después se llenó las bolsas. No tardaron en encontrarlo: dos robustos guardias de seguridad lo escoltaron hacia la salida, donde ya lo esperaban policías municipales.

2. Atención al cliente. Por lo general llego uniformado al súper, porque vengo del restaurante y no me gusta andarme cambiando de ropa. Hacía mi selección de verdura cuando una señora se acerca, molesta. “¡Oiga!”, espetó. “Estas bolsas no aguantan nada, ¡se rompen!”. Metió la mano por un extremo y la sacó por el otro. En el suelo yacía un florete de brócoli. “¡Estoy harta!”, gritó. “Pongan bolsas de buena calidad”. La gente alrededor nos miraba, cautelosos. En qué momento creyó esta señora que yo era un empleado de ahí, no lo sé, pero pienso que tiene que ver con la filipina. Y aún y cuando viene impreso mi nombre y el del restaurante, no tuvo a bien fijarse y dedujo que trabaja ahí. “Pues me vale una reverenda y sacrosanta madre”, contesté con voz serena pero firme. “¿Qué dijo?”. Y su rostro era uno de incredulidad y shock. “Dije que me importan los pelos de la virgen lo de su bolsa defectuosa”. La sexagenaria abrió bien los ojos y la boca, y así con todos los músculos del rostro en tensión se fue a buscar al gerente. Minutos después regresó con un pelón con lentes de botella, dientón y belfo. “¿Qué está pasando?”, inquirió. “No sé”, le dije, “esta loca me está molestando: llegó pegándome de gritos, no me deja hacer mis compras, dígale que se vaya”. Furiosa, dijo, apuntándome: “Le estoy reclamando a este empleaducho y se portó muy grosero, me dijo que le valía madre”.

“Señora”, aclaró el gerente, limpiándose los lentes, “el chef no trabaja aquí, es un cliente”. La expresión en la cara de aquella mujer se transmutó en una expresión de vergüenza. Creo se sintió un poco tonta. Sin decir una palabra se dio la vuelta y se fue. El gerente no pudo más que delinear una sonrisa burlona.

3. Probadita. Me fui detrás de este miserable porque los conozco bien y siempre que voy al súper me encuentro con uno. Pero éste es el campeón de todos. Primero abrió un jugo, luego pidió 150 gramos de jamón serrano y se lo comió todo. Después se le antojó botanear con unas aceitunas negras con pan de centeno y rosbif, y remató con paté, arenques y galletas saladas. Sólo le faltó abrir una botella de vino y poner un mantel en el suelo. ¿Postre? No puede faltar: de la panadería degustó una dona rellena y después atacó la sección de los chocolates, donde le dio una probadita a unas trufas rellenas. Todo un gourmet. Y sin pagar.

No se pierda la próxima semana la segunda parte, se ponen más curiosos los relatos.

chefherrera@gmail.com