Histeria, prisa y celulares

No habíamos terminado de comer –ni siquiera ordenado el carajillo para la digestión, coño– cuando la señora ordenó la cuenta. La volteamos a ver con cara de sorpresa, porque nadie tenía intenciones de irse. –¡La cuenta! -gritó- e hizo un ademán que fácilmente pudo haber pasado por grosería. –¿Qué te pasa? -preguntó el marido, y ella, con voz seca y sin emoción, respondió: –ya me quiero ir–. ¡Pues vete! Le gritó él, y tan pronto llegó el mesero con la cuenta, sacó un billete, pagó lo de ella y ordenó un licor de almendras. La mujer, sorprendida, tomó su bolso y se fue. Nosotros nos quedamos un rato más, tuvimos una conversación provechosa y relajada y salimos satisfechos. A todos incomoda tener a alguien en la mesa presionando, especialmente en la sobremesa, que es un evento importante y, hoy en día, raro. Si ya te quieres ir, pues vete, pero no jodas a los que están disfrutando. Lo digo porque la tipa esperaba que el marido se fuera con ella y de cierta manera, que se desbaratara aquella reunión.

En otra ocasión compartía alcoholes y anécdotas con un grupo de amigos. La reunión empezó bien; los ánimos iban aumentando a tono con los efluvios de la bebida y conversábamos como la gente, con mucho afán, pero de pronto todos sacaron sus celulares, sus whatsapps, tuiters, instagrams y facebooks y me dejaron a medias de una anécdota. Es particularmente molesto que te dejen hablando solo, y como el celular que traigo no tiene internet ni es teléfono inteligente (es de los chafos), no pude seguirles el ritmo y opté por largarme. No se dieron cuenta: habrán creído que fui al baño o algo así. Solo hasta el día siguiente alguien preguntó en un correo si me había sentido indispuesto, pues cómo explicar entonces el que me hubiera marchado. De no creerse.

Tenemos un problema de comunicación y es grave. Y la culpa no es de los celulares; más bien creo que los usamos de excusa (muy conveniente, sí) para no tener que socializar de manera natural e interrumpir un proceso espontáneo de intercambio de gestos, ruidos e intenciones. Y este tipo de comunicación fue -es- crucial en nuestra evolución; logramos crear esquemas de cacería más eficientes y exitosos, nos reunimos alrededor del fuego para contar historias y sentar las bases de la literatura, intercambiamos ideas e impresiones del mundo, la naturaleza y de nosotros y nos entregamos a los placeres del ocio y la espontaneidad, y así pudieron emerger la risa, la reflexión y el gozo por la vida. Pareciera como si todo eso hubiera quedado en el pasado, como un enorme escalón para alcanzar el fantástico mundo del tablet y el celular, los grandes sustitutos de la conciencia y la convivencia.

El tejido social en el que estamos entreverados está sujeto a una presión tremenda; una fuerza mediática que nos requiere celosamente a toda hora y que además, nos pone reglas de comportamiento, y las obligaciones cotidianas, embebidas de una histeria, una prisa, una ansiedad por hacer y llegar que sólo nos descojona. Y aquí no hay manera de "tomarlo con calma": una vez que sales a la calle o prendes el smartphone el torbellino te envuelve en un espiral de vértigo y no te sales hasta la hora de dormir. Y a veces ni eso puedes. No sé, quizá el dejarse arrebatar por tabletas y celulares sea una respuesta, un proceso de alienación necesario para escapar de esta neurosis de todos los días.

Insisto en que la sobremesa puede ayudar a recordar lo que era ser humanos.


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