Aquelarre

Fuimos a este resort de descanso en las montañas. Tiene spa, alberca, restaurante, bar, sitio para fogatas, paseo nocturno y juegos para niños.

Los cuartos son cómodos y espaciosos y está cerca de la ciudad. Es perfecto: un retiro en el desierto rodeado de montañas donde pasar un fin de semana de absoluto descanso con mi familia.

Sobre una suave pendiente que termina abruptamente en una formación vertical de riscos estratificados se extiende el complejo turístico.

Ya instalados llevamos a los niños a la alberca y después, ya en la última etapa del atardecer, vamos al mirador que está sobre una loma. Abrimos una botella de vino tinto y brindamos. Al tiempo llegan empleados del hotel, uno cargado con un atajo de leña y el otro con una caja de cerillos y una lámpara.

–Viene un grupo–, dice, y acomoda la leña en un hueco rodeado de rocas. Encienden la lumbre y minutos después aparecen; son como 15 jóvenes guiados por un tipo con un apuntador láser.

Pienso que se trata de un astrónomo, un hombre de ciencia que conduce a estas personas en un viaje por el cosmos y sus misterios. Me emociono y me acerco para escuchar la plática. Pero el gusto no me dura mucho porque tan pronto comienza con su discurso me doy cuenta de que se trata de una actividad que dista mucho de siquiera rozar los bordes de la ciencia y del pensamiento crítico.

Enciende el láser y apunta hacia un punto vacío de la bóveda celeste: –¿Saben ustedes lo que hay ahí?–, pregunta. Y mientras intento reconocer algún planeta o constelación ahí donde había apuntado, el tipo sobresaltado espeta: –¡Dios!–.

La gente, asombrada y conmovida abre la boca, se toca el pecho y exclaman cosas como ¡Ah!, ¡Oh! y ¡Sí!

Charlatán. ¿Sabe astronomía? Lo dudo. ¿Entiende dónde se encuentra, el proceso de evolución cósmica y biológica que lo generó y trajo hasta aquí y el proceso cultural que hubo de depurarse para que nuestra civilización desarrollara la ciencia, la filosofía, el pensamiento crítico, creativo, reflexivo e intuitivo que nos ha permitido entender a la naturaleza y nuestro lugar en ella y todo para resumir todo este proceso en un tontísimo, reductivo e inimaginativo "Dios"? No me puta madre jodan.

Luego de la clarísima realización de que todas esas lucecitas proyectadas sobre la bóveda celeste no son otra cosa más que la obra de un ser omnipotente del cual ni sabemos nada ni debemos de cuestionar su existencia, pasaron a una dinámica peculiar; al tiempo que las llamas ardían en su punto máximo, el chamán declaró emocionado: –He aquí el espíritu de la tierra, ¡que es Dios!–. Grandes y simplonas mamadas las que pregona este profeta de la ignorancia.

Pero la gente aplaude mientras la lumbre enciende sus rostros ciegos y robotizados.

Entonces ya pasa cada uno a dar testimonio de cómo Dios ha tocado su corazón y de cómo son insignificantes porque lo han constatado echando un rápido vistazo al cielo estrellado y ¿qué mejor prueba de nuestra insignificancia que esa, el inconmensurable e insondable espacio estelar?

Ya para concluir, este aquelarre de fanáticos sellaron su fe arrojando al fuego papelitos donde habían escrito sus pecados más oscuros, purificándose en un ritual catártico, imposibilitados de ver más allá de las limitantes impuestas por su ignorancia en un esquema donde no se arriesguen a la reflexión o el cuestionamiento que puedan llegar a incomodarlos o a comprometerlos.

Se aplaudieron a sí mismos y después de entonar un cántico religioso se abrazaron y se fueron. Mi mujer y yo quedamos boquiabiertos; no dábamos crédito a lo que acabábamos de presenciar.

Lo bueno fue que aprovechamos la fogata que seguía con muy buena lumbre, escuchamos música, nos servimos más vino y disfrutamos del magnífico espectáculo celeste que nos obsequió el transcurso de constelaciones varias y de planetas como Júpiter, Marte y el alucinante Saturno. Y en todo ese rato no dijimos una sola palabra.

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