Fogata

No tengo edad para creer en cosas, hasta el día de hoy hice lo que pude. Sólo me resta limar los bordes rudos...

Reflexiones alrededor de una

fogata urbana.

Vivo al final en una privada donde me puedo dar ciertas libertades. Encender una fogata a mitad de la calle es una de ellas.

Esa noche nos juntamos amigos y familia a convivir en la calle. A los niños les enseñé cómo prender la lumbre, cómo tratarla, alimentarla, controlarla y dirigirla.

Les expliqué a estos niños un principio básico: el fuego son ustedes.

Poseen la capacidad de generarlo y apagarlo, pero no olviden que tiene vida propia y hay que respetar eso. Y justamente eso es lo que nos distingue del resto de las especies del planeta: la capacidad para manipular la energía. Es un logro tremendo.

Asamos salchichas y malvaviscos, escuchamos a Atahualpa Yupanqui, a Silvio Rodríguez, jazz y a Tangerine Dream.

Apreciamos la silueta y roca blanca de la sierra, vimos el cielo con un pequeño telescopio.

Nos dejamos envolver por una brisa fresca y mineral. Conversamos largo y hondo. Como los arrieros, extendimos los zarapes sobre el pavimento alrededor de la hoguera y nos vimos los rostros que cambiaban en matices según el capricho de las llamas.

Entre la calle y la banqueta crece un zacate de tallo fino, largo y cenizo; el gato de la cuadra se esconde ahí y a ratos asoma la cabeza y nos observa, sigiloso y acechante.

Entre el humo y el viento estudiamos cuidadosamente nuestros tonos de voz, las deflexiones de sonido, adjetivos y apariencias y las contrastamos con los incontables movimientos y combinaciones de los músculos del rostro y muy particularmente, los ojos.

La comunicación humana es tan compleja. Hablamos de todo; en medio de la conversación escuché a mi hija de 6 años preguntarle a mi mujer: -mamá, ¿para qué existimos? Mi esposa quedó más o menos patidifusa y después de unos segundos respondió: -para ser felices. La conversación siguió pero la pegunta quedó en el aire y reflexionamos al respecto. Me dejó pensando sobre lo que hago, lo que quiero; ésta es la vida que tengo, aquí y ahorita. Los sueños y expectativas, si es que alguna vez los tuve, porque no me acuerdo, debieron haber cuajado ya.

Honestamente se lo digo: ya no tengo edad para creer en cosas, hasta el día de hoy hice lo que pude. Sólo me resta limar los bordes rudos y ásperos. Y así estaba esa noche fresca, frente a esa lumbre y gente, viendo soles, planetas y galaxias discurrir y la pregunta vuelve a surgir: ¿Por qué existimos? Ésta es mi mejor respuesta: no tengo una puta idea. Pero aquí estamos y lo más seguro es que nunca lleguemos a una conclusión definitiva, porque existir no es ciencia, ni arte ni religión ni filosofía ni una chingada: es un proceso evolutivo que nos trajo hasta aquí y que nos impulsa a vaya usted a saber a dónde.

Supongo que sólo hay que vivir. ¿Cómo? Me queda claro que cada quien tiene que inventarse una buena excusa para eso.

Hacemos nuestra propia luz, creamos esquemas filosóficos para explicar cosas elementales como estar vivos e intentamos darle sentido a una vida que tal vez no la tenga. Seguimos siendo esos seres primitivos asustados y asombrados, juntos alrededor de una hoguera, viéndonos los rostros y haciéndonos preguntas, las mismas preguntas de hace cien mil años. Eso nunca va a cambiar.

chefherrera@gmail.com