Feria del Libro

Prefiero leer mis libros de la misma manera en que los consigo: espontánea y caprichosa.

Paseando por la Feria del Libro de Bogotá me ocurrió lo de siempre: comencé confundido y alterado y terminé más confundido y, además, angustiado. El sitio es enorme; se compone de varios pabellones, cada uno con su especialidad. Tenía en mente buscar dos títulos pero no era prioridad; más importante es deambular sin sentido a ver qué ocurre. ¿Cómo saber cuándo comprar un libro? Di con el primero no por la portada: lo que me llevó a él fue un impulso ciego; lo cogí, abrí en cualquier página y un cuento muy corto me hizo soltar una carcajada. Sin pensarlo lo llevé a la caja. Eran los cuentos completos de Amy Hempel. Seguí mi recorrido y en un stand del FCE encontré una antología de Pablo Neruda; hace mucho que no leo a Neruda. Mucho. -¿Es para regalo? -pregunta la chica de la librería. ¡No! -es para mí-, aclaro.

Los libros no se regalan. A los libros se les busca, se les desea, se les encuentra -y ellos dan con nosotros-. (Los libros) se sueña con tenerlos, con meter la nariz en sus hojas, aspirar su aroma y forzar la vista contra sus letras hasta fundirse en una niebla borrosa, llena de ecos y misterios. Los libros no se regalan porque el que los recibe los va a arrumbar en un estante y ahí se van a quedar, perplejos, inertes, olvidados. Es peor que regalar una mascota. Los libros no se regalan: no es justo para ellos. Regale cualquier cosa; libros, nunca.

Dice el filósofo de Güémez que “siempre que pasa lo mismo, ocurre igual”. Cada que voy a una feria del libro compro tanta cosa que al llegar a casa me entra una ansiedad tremenda porque quiero leerlo todo, al mismo tiempo. Así comienzo a hojear un volumen, luego otro y así me la llevo hasta que al final no me decido con cuál empezar. ¿Es que uno debe empezar a leer un tomo, terminarlo y después pasar a otro? Yo no puedo. Hay horas del día en que se antoja un tipo de lectura; las tardes nubladas, calladas y frías, ésas donde el velo de la lluvia finísima apenas roza tu piel pero te carga de una electricidad intensa, entonces la poesía es lo indicado. O como esas mañanas inquietas, intoxicadas de café y libros de ensayo, cuando el cerebro lo tienes alborotado y acechante. Todo depende. El punto es que, como no es tarea, no hay reglas. Prefiero leer mis libros de la misma manera en que los consigo: de manera espontánea y caprichosa.

Antes leía a chorros. Eran tantos y cuántos libros por semana, por mes. Con el tiempo eso cambió; hoy leo menos pero mejor. Mastico bien lo que le voy arrebatando al libro y así dedico más tiempo a gozar y a reflexionar lo leído. Hoy soy muy selectivo con mis lecturas y las aprovecho al máximo. Recorriendo los stands de la feria acumulo títulos, joyas, auténticos tesoros; una antología de poesía china desde el siglo XI a. C. hasta el siglo XX. Una antología de cuentos por narradores colombianos contemporáneos; El elogio de la sombra, de Tanizaki; un tomo magnífico sobre cocina colombiana, otro volumen de cocina cubana tradicional, Cuentos de lluvia y de luna por Ueda Akinari y de Luo Ying Novena noche. Me siento a beber una cerveza y a hojear mis compras y recuerdo la feria del libro de Monterrey: decepcionante. Me viene a la mente ese enunciado de la librería Gandhi: “México, país de lectores”. Casi suelto la carcajada. Somos un país de ignorantes iletrados; no mamen, por favor. A nadie le importa, es más fácil distraerse con cualquier cosa que leer. Y me da tanta pena porque tenemos un país increíble, con recursos: arte, historia, gastronomía, literatura y tanta cosa más. De veras no sé por qué somos flojos y apáticos para el tema de la lectura. El caso es que por lo menos tenemos la FIL Guadalajara, que está a la altura de las mejores. Bien ahí. A leer, pues.

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