Feng shui

Entiendo que puede ser divertido creer en cosas raras, pero debemos diferenciarlas de lo que es real.

Todos tenemos amigos y conocidos ignorantes y hasta pendejos. Los más notables son los que se creen todo lo que oyen y leen. No cuestionan nada porque son tontos, flojos o porque les conviene: creer en cosas raras puede ser entretenido u otorga una sensación de que hay algo más grande que nosotros que opera de manera misteriosa y si logramos descifrar su mecanismo, será benéfico. Y tales expectativas van desde elaborar encantamientos para obtener fortuna hasta la vida eterna. -Te lo juro que sí jala, -me dijo esta amiga. Contrataron a un experto -certificado- en feng shui y les movió toda la casa. Les dijo que la distribución de muebles y objetos estaba causando un desbalance tremendo y que por eso su relación iba mal. Invirtieron una fortuna y al final terminaron separados. Bien por el feng shui. Luego a mi mujer le pasó algo curioso; una amiga le dijo que había un sujeto que curaba con imanes. Su amiga pagó la cita y llevó a uno de nuestros hijos. El terapeuta le colocó imanes en el cuerpo, le movió los pies al tiempo que cantaba una especie de letanía, hizo aspavientos y preguntó si teníamos perros. Sí tenemos perros. Diagnosticó que esa era la causa de las malatías de mi hijo. -Deshazte de ellos, -sentenció. Dijo que los perros eran los causantes de tantas enfermedades. Cuando le preguntó por qué los gobiernos del mundo, viendo esta terrible epidemia de salud no hacían por acabar con los canes, musitó algo ininteligible y dio por terminada la sesión. -Es usted un payaso y un charlatán, -le dijo mi mujer, y se marchó. A mi hijo todo aquello le pareció divertidísimo.

Otro pariente me aseguró que la homeopatía había curado a su hija de una alergia. Le expliqué acerca de cómo algunas enfermedades desaparecían de manera espontánea y otras se iban por el efecto placebo, pero nunca por efecto directo del “ingrediente activo” de los chochos (es tan astronómicamente pequeño que para fines prácticos no existe). Al final aceptó que quería creer que el tratamiento había funcionado.

Todos estos desbalances que los charlatanes e ignorantes ven en el cuerpo y en el mundo no están ahí realmente: la que está desbalanceada es su mente.

En qué momento fracasó la civilización, no sé. Se supone que con el nivel de ciencia y tecnología y la manera de razonar ya habíamos superado esta etapa de magia, misterio y temor, pero veo claramente que seguimos regocijándonos en esquemas de charlatanería religiosa, new age, magia clásica y alquimia. ¿Y la ciencia? ¿Y el pensamiento racional? A la mierda: tenemos feng shui en vez de arquitectura y diseño de interiores moderno e imanes, cuarzos, incienso e imposición de manos en lugar de medicina y farmacopea. De no creerse.

Entiendo que puede ser divertido creer en cosas raras, pero debemos diferenciarlas de lo que es real. Y con real me refiero a que si algún tratamiento o fenómeno no puede explicarse en términos científicos, cuantificables y reproducibles, entonces no podemos asegurar que funcione verdaderamente. Me recuerda a ese chiste donde llega un tipo a casa de su compadre y advierte que en el dintel de la puerta hay una ristra de ajos, una herradura y un bote de agua bendita. -Qué pasó. Compadre; ¿usted cree en las brujas?, -claro que no, respondió; ¡pero de que las hay, las hay! No queremos deshacernos de estas creencias primitivas. Y muchas veces nos resistimos bajo el argumento tontísimo de “no hace daño creer; ¿qué tal si en verdad funciona?”. Sí hace daño; nos mantiene en un estado de ignorancia y le quita su justo lugar al pensamiento racional y a una actitud de progreso y nos deja anquilosados en agendas pueriles y faranduleras. Sé que es difícil, pero hay que dejar todo eso atrás, por las buenas.

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