Epístola

Queridos hermanos: remito a ustedes la historia de algunos hermanos del Islam que han incurrido en faltas contra la fe. Dos mujeres, Leila Hatami en Irán y Mariam Yahia Ibrahim, en Sudán. La primera por besar (o dejarse besar) por un hombre en Cannes, y la segunda, acusada de apostasía y de casarse con un cristiano. Los castigos por cometer tan graves faltas son moderados, propios de una civilización moderna y que ha superado la mentalidad que se cosechara en otros siglos; flagelación pública y la horca. Nomás. A la mujer sudanesa le pidieron abjurara de su fe cristiana para volver al Islam y al no recibir confirmación, un juez aplicó justa sentencia. Dado que son gente piadosa, le permiten vivir dos años, al término de los cuales deberá morir. Y esto porque la señora está embarazada de su segundo hijo y el juez, en su infinita bondad, decidió aplazar el castigo. ¿No es acaso esto un signo de bondad, de misericordia? Claro que lo es. Que después se queden dos criaturas sin madre, bueno, eso es otra cosa; lo importante es aplicar el castigo correcto por tan graves faltas.

Esto no es de ahorita; no, hermanos: a Salman Rushdie lo amenazaron y persiguieron durante años por grave ofensa cometida contra el Islam en una cierta novela de su autoría hace ya tiempo. Y habrá que incluir la apropiada reacción de los musulmanes en Dinamarca que en 2005 protestaron por una tira cómica que satirizaba al profeta Mahoma e iniciaron una campaña violenta que culminó en un fenómeno mundial. Y esto, apreciables hermanos, en la única, auténtica y verdadera fe, es lo que ha estado sucediendo desde hace miles de años. ¡Blasfemia! ¡Apostasía! ¡Herejía! ¡Insulto y falta de respeto!

Remito al juicio contra Galileo Galilei, el científico; le hicieron retractarse de sus equivocadas aseveraciones sobre la Tierra y los astros. ¡Sostener el heliocentrismo en contra de la fe revelada! Necedad e ignorancia. No, hermanos: estos ya no son tiempos de reflexión filosófica y descubrimiento científico; hemos perdido la fe en Dios y en las instituciones religiosas y debemos aferrarnos a nuestros credos, por encima de cualquier intento de libertad, de separar lo civil de lo religioso, de someter a escrutinio lógico los dogmas de fe y las escrituras sagradas escritas durante la edad del bronce y el medioevo.

La intolerancia es la actitud correcta; debemos templar nuestra actitud y ser observantes de nuestra limitada y exclusiva manera de ver las cosas. Y esta actitud debe comenzar en casa y de ahí irradiar hacia las escuelas para culminar en lo político: nuestras leyes deben ser estrictamente religiosas. Dejemos lo civil a un lado. México necesita más fe ardiente; atraviesa una crisis donde la educación laica y la libertad de opinión atentan contra los principios fundamentales de la religión, la única y verdadera. ¡Debemos aplicar la pena de muerte a quienes blasfemen en contra de nuestra fe! Sigamos el ejemplo del Islam.

¿Radical? No, hermanos: radicales la ciencia, el pensamiento crítico y las leyes modernas. Lo nuestro es seguir consejos, principios, derivaciones, supuestos, voces internas, profetas e iluminados, destilados de escrituras sagradas milenarias. Regresarán las empalizadas y conflagraciones, los autos de fe, la tortura, la quema de libros y documentos blasfemos, la censura en todos los órdenes y así, queridos hermanos, vendrá una época de oscurantismo y sopor en donde nada podrá ser cuestionado y la palabra de Dios estremecerá como un terremoto la tierra entera y los pecadores caerán de rodillas y morirán con dolor a manos de los piadosos, los creyentes. Entonces, sólo entonces, seremos felices. De veras.

 

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