Encuentre las diferencias

Aprenderemos un día, no a juzgar, sino a apreciar a las personas por las características que tienen en común y por las cosas buenas que muestran o hacen.

De niño me llevaban a la peluquería y me entretenía leyendo los cómics. Una sección que siempre me gustó fue la de dos dibujos aparentemente idénticos; el primero se usaba como modelo para compararlo con un segundo que presentaba diferencias que en una inspección rápida aparecían imperceptibles. El truco entonces era observar cuidadosamente ambas caricaturas para ir detectando las diferencias, mismas que ibas circulando con un lápiz. Encontrabas un rostro sin una ceja, un zapato con un ojal de más, en una pared aparecía un ladrillo extra y así. Era divertido. Al terminar el ejercicio dejaba el cómic a un lado y me ponía a observar a la gente que estaba en las otras sillas; un tipo casi pelón que no podía estar ahí más que por la fuerza avasalladora de la nostalgia, un niño con peinado de cazuela, el apuesto cuarentón tratando de convertir sus canas parietales en símbolo sexual, un viejito que se sintió en la poltrona de su casa y se quedó dormido, la niña bizca y tonta con sus chongos largos y tontos, su cara pecosa y lentes de abuelita de los años cincuenta y el gordito cachetón, risueño y de cara redonda que descubrió que sacarse los mocos frente al espejo frente a la mirada atónita del peluquero era algo divertido. Vi de todo. Y en ese tiempo todo era apariencia, así juzgábamos las cosas. Y la apariencia se volvió más compleja; después no sólo nos fijábamos en las características más obvias o sobresalientes; poco a poco aprendimos a criticar la composición del corte de pelo, la ropa, los accesorios, zapatos, todo. Así creábamos imágenes —estereotipos— que dependían en gran medida de cómo nos habían enseñado a interpretar lo que veíamos. Elaborábamos juicios sobre la gente bajo estos códigos, estas combinaciones de estilos de vestir, de andar, de mover las manos, de hablar: de apariencia.

Ya entrada la preparatoria nos enseñaron a pensar. Cuando uno aprende a leer, la mente comienza a formar imágenes, pero sólo es hasta unos años después cuando estas imágenes se transforman en ideas vivas. Así pasamos a juzgar las cosas por lo que representaban, no por lo que parecían. Veíamos a un tipo que parecía tonto o que se vestía de manera estrambótica pero había que esperar a conocerlo mejor para saber si realmente lo era: lo escuchábamos. ¿Era un pendejo? ¿Un revoltoso? ¿Tranquilo? Todo dependía del credo que profesara. Y entonces juzgábamos por su manera de pensar.

Después nos volvimos prácticos; llegaba alguien que no hacía nada y lo tachábamos de huevón y así pasaba a una categoría de seres despreciables que no merecían mucha atención. Luego estaban otros que hacían dinero por el solo hecho de hacer dinero y entraban a una categoría que estaba ligeramente por encima del huevón. Y así se sucedían las profesiones hasta que valorábamos a las personas por su entrega ya sea al arte, la ciencia o a la filantropía y los poníamos por encima de todos los demás. Pero seguía siendo una consideración filosófica.

En todos los casos juzgábamos por las diferencias que encontrábamos. Así aprenderemos un día, no a juzgar, sino a apreciar objetivamente a las personas por las características que tienen en común y por las cosas buenas que muestran o hacen, y así entendemos que hay que crear y vivir bajo una agenda de inclusión, no de exclusión. La lógica aquí es difícil pero sencilla: comenzamos a vivir conectando lo que tenemos en común para progresar o seguimos como fracasados separándonos en clases y categorías inexistentes y quejándonos de que el de a lado no piensa, hace o se viste como nosotros queremos. No encuentre las diferencias, coño, sino las similitudes; esto no es un dibujo o caricatura: es nuestra sociedad y futuro.

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