Editorial

Los que  escribimos no somos profetas ni recipientes de verdades universales; emitimos una opinión, observación y forma de sentir.

Fue Roberta la que me metió en esto. En ese entonces mandaba un correo a mi clientela del restaurante con los platos de la semana y al final incluía un cuento o alguna anécdota. De ahí salió la idea de escribir una columna en el periódico. Como soy cocinero, me llevó un buen tiempo acoplarme a la lógica de la editorial (todavía me cuesta trabajo entender sus tejemanejes), pero lo bueno de este género es que permite experimentar y otorga plena libertad técnica.

El caso es que después de casi 10 años de entregar columnas una vez por semana me queda claro que nunca terminas ni de experimentar ni de entender bien de qué se trata esto. Sí: hay ciertas recomendaciones que decidimos seguir, y para eso hay que hacernos una pregunta básica: ¿Qué características debe tener una editorial? A ver por dónde empezamos; me gustaría pensar que existe un consenso, pero no es así. Opiniones las hay (unas muy buenas), pero aquí no hay un manual preciso. Unos dicen que una buena editorial debe estar tejida con estos elementos: un dato duro, que venga de una estadística confiable o de algo evidente, una referencia histórica que enmarque el tema, mención de una o más fuentes (de personas o institutos) que refieran al tema y que sean confiables, la opinión misma del autor, que aunque subjetiva, se basa en la evidencia y funciona además como una síntesis de la información mostrada. Éste es un esquema muy ordenado, muy académico y disciplinado. Algunos editorialistas le cargan la mano a los hechos, más en un sentido periodístico, otros (me incluyo aquí) se van más por una opinión basada en una mezcla de lo que sentimos y pensamos ante una situación, pero sin prestarle mucha atención a los números. Pienso que al ser muy objetivos se corre el riesgo de caer en el periodismo, y éste no es el caso. Porque se trata de un medio donde se ejercita la expresión y opinión de un individuo y eso debe prevalecer, de otra manera sería un artículo periodístico, una investigación.

Entonces, lo importante es el tono. O sea, la manera en que se dice algo, no tanto el contenido. ¿Por qué? Porque el tono es lo que alborota a la gente, no el contenido. ¿Y qué queremos lograr con esto? Pues no se trata de fastidiar a nadie (que a veces dan ganas), sino despertar reflexión y reacción y, al final, un cambio. Puedo escribir sobre un tema de interés pero si no imprimo el tono correcto la gente se aburre. Es como en un restaurante: si usted sirve buena comida pero con mal servicio, la gente se va y no vuelve. Haga lo contrario y el local estará siempre lleno. Entonces, ¿el contenido no importa? No dije eso, dije que pasa a un plano secundario, nada más. Tampoco dije que hay que ser mediocres al escribir pero con un tono sensacionalista se arregla todo. Haga la matemática.

Los que escribimos no somos profetas ni recipientes de verdades universales; emitimos una opinión, observación y forma de sentir las cosas. No puede ir más allá. Se recomienda que la editorial tenga datos duros, observaciones, referencias, antecedentes y conjeturas educadas; mientras puede contener todo lo anterior no está obligado a incluirlos. Es más un ejercicio de opinión personal que retrata la psicología y punto de vista de un sujeto que percibe las cosas de cierta manera y que, como dije antes, lo que en última instancia le da carácter es el tono en que lo dice y la dirección y sentido que se le quiere dar.

En todo caso le doy gracias a Roberta porque los argüenderos como yo no nos sabemos estar ni callados ni quietos, y en este medio hay mucho que expresar.

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