Disfunción

Voy en un taxi que maneja a exceso de velocidad, va texteando en su celular y cuando se detiene en un crucero con gente que intenta atravesar la avenida por una cebra, acelera e impide que pasen. Del retrovisor cuelga una estampita de la Virgen y cada que pasamos por un templo o iglesia se persigna. Bien ahí, hay congruencia.

En el súper, la señora enfrente de mí descarga sus verduras, carnes y abarrotes sobre la banda; ya le cobran. Al pasarlo por el lector láser, un artículo aparece con un precio que no corresponde al descuento marcado en la etiqueta. La señora comienza a pegarle de gritos a la cajera, la cual amablemente y en voz baja le informa que ya viene el gerente a corregir el problema. Pero ella necesita gritar, desquitarse, humillar; sigue con su despliegue verbal y al final deja su mercancía sobre la banda y se retira, maldiciendo. Excelente actitud.

Me encuentro con un grupo de amigos en un restaurante. Bebemos, comemos y charlamos. Pero luego de un rato uno comienza a checar sus mensajes en el celular. Pronto le sigue otro, quien se concentra en una conversación de messenger. De ahí la convivencia se colapsa y en menos de cinco minutos casi todos están inmersos en redes sociales. Yo me mantengo al margen porque no tengo teléfono inteligente y luego de unos minutos pago la cuenta y me marcho. Ni siquiera se dan cuenta. Aplausos: lo importante es convivir.

Un tipo me pone un comentario en un post de mis redes sociales; se queja de que la presentación de uno de mis platos no es la mejor y se burla. En su comentario pone cosas como “calavaza”. En su cuenta dice “haslo”. Le hago ver que debe cuidar su manera de escribir, pues se trata de una forma de presentación, y da lástima. Insiste en que no debo meterme en su cuenta. Respondo que si él se metió en la mía, yo puedo criticarlo a él. Perfecto: podemos juzgar a otros y a su trabajo y opiniones siendo unos perfectos ignorantes e idiotas. Tiene sentido.

Nos envuelve una grosería común que abarca todos los ámbitos; ejemplos sobran. Lo que falta aquí es buen juicio, sentido común, educación, tacto: civilidad, pues. No puedo creer que estemos en un punto de la civilización en donde eso justamente, la civilización, vaya en retroceso y se transforme en algo ominoso. Hablo de una combinación de educación, cultura, políticas sociales, relaciones interpersonales y bienestar común. Algo está ocurriendo, algo pernicioso y nefasto que nos ha llevado a vivir esta majadería. Sin ir más lejos: un amigo llegó a mi casa, sacó su celular, ingresó en un app y me dijo: –Mira, aquí cerca hay un Pokémon. No doy crédito. Buscar caricaturas virtuales en un teléfono celular y coleccionarlas. Qué sentido le estamos dando a nuestras vidas cotidianas, no lo sé, pero no está funcionando. A qué clase de pendejadas le damos prioridad; fíjese nada más. Podríamos estar preocupados por cosas de mayor envergadura, como reactivar nuestras relaciones sociales más allá de las redes sociales, de hacer que nuestras colonias sean más limpias, habitables, vivibles; por intentar educarnos de manera más cualitativa y ser selectivos en cuanto a la basura que ofrecen los medios y el entretenimiento superfluo que nos venden. Nuestra sociedad está francamente descojonada. Nos hemos dejado seducir por las mieles de la comodidad, la distracción, el exceso y lo predigerido. Despersonalizados, incapaces ya de sostener relaciones eficientes, reales y de crear estilos de vida basados en estímulos virtuales y modelos artificiales, la estructura social poco a poco se viene abajo, construida con remansos y parches en un esquema donde a nadie le importa lo que ocurra fuera de su teléfono celular o tablet y donde cualquier pendejo opina lo que quiere en su muro y, encima, le aplauden.

Vamos a buscar Pokemones, pues.

chefherrera@gmail.com