Disculpe

Usted ya lo sabe pero se lo voy a decir de todos modos: aquí no hay nada de qué disculparse. Usted no molesta a nadie cuando pregunta por algo en la calle, al subirse a un camión.

Disculpe”, “perdone usted”, “¿Lo molesto?”. Nos enseñaron que cualquier acción nuestra es, a priori, una intromisión o injerencia no deseada, una molestia. Esta actitud represiva implantada psicológica e históricamente en nuestros cerebros (disfrazada de conceptos como “respeto” y “educación”) desde tiempos inmemoriales nos ha moldeado lentamente para transformarnos en seres mentalmente holgados, sosos y en exceso cautelosos. Uno debe limitarse, contenerse, moderarse, ser condescendiente, pasivo y modesto. La actitud contraria puede interpretarse como rebeldía, sedición, argüende y desplante rijoso. Porque además de pedir perdón antes de hacer cualquier cosa, hay que pedir permiso. Aunque los que saben de estos asuntos concuerdan en que siempre es mejor ni pedir permiso ni perdón.

Me molesta mucho esa actitud. Y este problema de actitud depende en gran medida de la indoctrinación absurda creada por un sistema de educación fundamentado en la moral cristiana y su tenebroso credo que obliga a los fieles a proclamar: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Tres veces. Uno debe declararse tres veces culpable y en la última hay que exacerbarlo, para que no quede duda. La culpa genera esta necesidad de estarse disculpando por todo; por cosas tan cotidianas y  naturales como pedir direcciones: “disculpe, ¿dónde queda tal o cual avenida?”. Quitemos el “disculpe” e intercambiemos por un “hola, ¿podría decirme...?”. Pero somos culpables de algo que según esta Iglesia católica, hicimos antes de nacer y que debemos corregir minimizándonos y fingiendo humildad. Además, lo decimos en diminutivo: “perdón, ¿le quito un momentito de su tiempo?”.

Usted ya lo sabe pero se lo voy a decir de todos modos: aquí no hay nada de qué disculparse. Usted no molesta a nadie cuando pregunta por algo en la calle, al subirse a un camión, atravesar un espacio concurrido o llamar a algún negocio para preguntar por un producto, servicio o promoción. Mire, trabajo en una cocina. Los espacios son reducidos y suelen estar saturados de gente. Así nos acostumbramos y desarrollamos agendas, hábitos y movimientos para ser eficientes y sacar la producción y el servicio adelante. Cuando alguien va de un lado a otro debe avisar: “voy detrás”. Ni se disculpa ni pide permiso. Advierte que va pasando (muchas veces con una olla o sartén recién salido de la flama, entonces declara: “voy caliente”).

No termino de entender esta actitud tímida y retrógrada de limitarse y asumir culpabilidad y responsabilidad por cosas de todos los días, muchas de ellas banales. Un poco de agresividad y energía bien canalizadas pueden potencializar nuestras acciones y transformarnos en seres mucho más productivos. Pero preferimos la comodidad de lo pasivo, del “no se vaya a molestar”, o “me da pena importunarlo”. He convivido con personas de otros países y no son así; no se concentran en ese tipo de cosas y sus relaciones suelen ser más prácticas y menos dramáticas. De hecho, a nosotros nos pueden parecer rudas algunas de sus reacciones o costumbres porque las medimos según nuestros principios, pero en el fondo creo que aquí tomamos muy en serio cosas que no vienen al caso.

Como dije, es una actitud que está tan hondamente anquilosada en nuestros cerebros que difícilmente nos damos cuenta. Hay que revisar los principios morales y cívicos que nos hacen funcionar a niveles inconscientes, tanto como individuos como en sociedad; muchos de ellos nos tienen hechos unos pendejos, en tanto que otros nos han convertido en seres temerosos y melodramáticos donde predomina una psicología tejida con diminutivos y disculpas.

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