Diario Colombia

Valoro mucho estar solo, por eso estos días de descanso intento alejarme de la gente lo más posible, y si llego a entablar diálogo con alguien, procuro que sea con monosílabos

Primer día en Colombia. Bogotá amaneció nublada y fría. La ciudad está medio apendejada: es sábado. Llevo meses esperando esto; sentarme a desayunar con la mejor taza de café, y en tanto que los desayunos no se acercan ni tantito a los de México, la cosa se equilibra con la calidad del café. Apenas estoy despertando y mi cerebro no termina de conectarse debidamente. Además no me siento bien; dormí bastante mal –tengo un virus gripal o algo parecido– y amanecí con la nariz tapada, dolor de garganta y tos. No pinta bien. Encima, en la noche olvidé colocar el letrero de “no molestar” en la perilla y para las 8 de la mañana ya tenía a un lado de mí a una mucama preguntando si podía recoger la habitación; le pedí regresara más tarde. Aproximadamente una hora después llamaron a la puerta: servicio de lavandería. “Debí haber puesto el anuncio en la perilla”, pensé. Luego alguien llamó, deslizó un periódico por debajo de la puerta y se fue; en primer plana un taxi Uber incendiado y a un lado la noticia de un desfalco gubernamental. Me baño, bajo al comedor; ya en el desayuno las cosas comienzan a mostrar una notable mejoría: el pronóstico es bueno. Más tarde pienso ir a surtirme de tabaco y de regreso hago una escala en la librería Lerner a ver qué encuentro. Por la tarde salgo al súper (hay un Carulla a unas cuadras del hotel) y me hago de una ginebra y vermut para mis venerables martinis de la tarde. Hoy no grabamos el programa de televisión: es día libre. Anette (Michel) y yo volamos anoche en el mismo vuelo desde México y hoy llegan el resto de los jueces y el equipo de producción. Mañana comenzamos las grabaciones, por eso hay que aprovechar el día.

Valoro mucho estar solo, por eso estos días de descanso intento alejarme de la gente lo más posible, y si llego a entablar diálogo con alguien, procuro que sea con monosílabos: hola, sí, no y adiós. Además este viaje de varias semanas me va a ayudar mucho a salirme de mi rutina y darme el tiempo que necesito para terminar de escribir mi libro.

Pasan de las 2 de la tarde; tengo un hambre de prisionero y ya se acerca la hora del martini. Voy al restaurante Gamberro, del chef Koldo Miranda. Ordeno una copa de xarel-ló y una sopa de ahuyama con setas y tocino. En la mesa de al lado comen un mexicano casado con una colombiana; ella está embarazada. Es fácil notar de dónde son por lo marcado de sus acentos y por los regionalismos y modismos que usan.

Camino extensamente por esta parte de la ciudad, al sur, pegado a la cordillera; calles amplias con camellones con arboledas generosas con ejemplares enormes y suntuosos; parques limpios y anchos, la gente con sus perros, sus bicicletas, su nada qué hacer: hay tranquilidad. El clima ha pasado de frío a medianamente caluroso; han dicho que podría llover más tarde. Así es el clima aquí: en 12 horas puede uno vivir las cuatro estaciones. Conozco gente que cambia de humor –y de opinión– igual que el clima en Bogotá.

Por fin llego a la librería. Venir a Bogotá es, en buena parte para mí, venir a comprar libros, a descubrir títulos imposibles de encontrar en las revisterías disfrazadas de librerías que hay en Monterrey. “Pide los libros por Internet”, me dicen. Pero eso no me gusta; aprecio deambular por pasillos y escudriñar anaqueles, dar con lo que capte mi atención, dejarme querer por el sitio. Hoy encontré varias cosas notables y regreso con un buen botín al hotel; Formas breves, del recientemente fallecido Ricardo Piglia; dos libros de aforismos: de Chateaubriand y de Lichtenberg, una colección de cuentos de Saki (buenísimos), Paisajes sublimes de Remo Bodei y el aplastante y monumental Diccionario del uso del español de María Moliner, que hace ver al de la Real Academia como un manual pinche.

De regreso en el hotel. Me voy a encerrar a leer y a beber café colombiano. Ah, y después, mi sesión de martinis. Con eso de seguro se me quita la gripa.

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