Delicados

El otro día fui a una fiesta. Había mucha gente. Y mucho alcohol. Y cuando hay alcohol, la conversación se pone interesante e intensa, y tarde o temprano las cosas tienden a descojonarse. Y eso fue justamente lo que ocurrió.

Revisábamos unos amigos y yo un cierto tema particularmente conflictivo y debatible cuando se acercó un conocido de alguien y se unió a la conversación. El tipo estaba bebiendo vodka, venía pulcramente vestido, era delgado —bueno, más bien flaco— rostro alargado, nariz aguileña, ojos pequeños y somnolientos y cabello enchinado. Portaba unos lentes redondos, como de viejito y un traje blanco muy limpio. Le temblaba un poco la voz y titubeaba cada vez que emitía una opinión. No tenía mucho carácter y no parecía estar pasándola bien.

Luego de un rato la charla alcanzó tonos más fuertes y en un punto el hombrecillo del traje blanco y los lentes de Santa Claus dijo algo muy estúpido, intervine y lo corregí. Parece que no le gustó lo que le dije porque empezó a quejarse de la manera en la que le había hecho mi observación (la cual no fue ni grosera ni tampoco lo insulté; sencillamente se lo dije bien claro y de manera fría). El tipo cometió un error de lógica —una falacia— muy elemental y expliqué por qué estaba equivocado y por qué debería de pensar bien las cosas antes de decirlas. El sujeto insistió en defender su punto y los amigos del grupo rieron y le hicieron ver que había razonado con la inteligencia de un asno y que se estaba comportando con la necedad del mismo animal.

Como no le pareció nuestra actitud, se levantó, tomó del brazo a su esposa (que se encontraba embruteciéndose con Martinis en otra mesa) y se fue.

Minutos después se acercó una de las anfitrionas, me sacó del círculo de amigos y me dijo en privado: -oye, -comentó en tono grave-, te pasaste con Fulano; el arquitecto es muy delicado y no le gusta que le hablen así. -¿Cómo? -pregunté-, ¿diciendo las cosas como son, haciéndole ver que dijo algo sumamente estúpido y que encima intentó defender su estupidez y la gente se burló de él? Mira nada más. -Es que... le molestó el tono en que se lo dijiste. -¿Y qué tono es ese? Pregunté-; tal vez hubiese preferido que le hablara en un tono amable, condescendiente, suave, melodioso y elegante. Marica.

Me pregunto entonces si lo importante es la forma y la apariencia por encima del contenido; todo parece indicar que sí: cuando preferimos usar eufemismos o rodeos en lugar de decir las cosas duro y directo entonces estamos por encima de la honestidad y de la búsqueda de la claridad y de los acuerdos.

Quizá el tono es lo que se requiere para catalizar una reacción que logre una reflexión en una sociedad dormida que desea evitar situaciones incómodas que podrían traerle una existencia más práctica, desahogada y feliz.

Eso de que el arquitecto es una persona muy sensible y delicada y no está acostumbrado a que le hablen fuerte o a que le digan las cosas como son, pues eso debe resolverlo él, no el ambiente. Si no tiene la capacidad de adaptarse, debe retirarse de la vida pública cuanto antes, porque a nadie le importan los berrinches ni requerimientos especiales de ese idiota.

Insisto: si no puede con la presión social, compre una docena de maniquíes, acomódelos en la sala de su casa y no salga de ahí nunca. Se la va a pasar de maravilla y nadie se la va a hacer de pedo.

Debemos acostumbrarnos a ser críticos, tolerantes y sobre, todo esto, hablar con una mezcla de claridad y sin rodeos (o sea, al chile), aunque moleste. Dejemos las formas y protocolos para eventos oficiales, quince años, visitas de Estado y para los maricas delicados que ni en su casa los aguantan.


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