Cumpleaños

La vida, con todas su complicaciones, histerias y sinrazones, es más sencilla de lo que creemos.

La semana pasada cumplí años. Como buen –quizá el mejor– pretexto para celebrar, invité gente a mi casa a comer, beber y a convivir. Desde un día antes compré cosas y dejé todo armado. A mis hijos les sentencié: no van a jugar con iPads o computadoras de ninguna especie y tampoco pueden estar dentro de casa.

Al principio no lo tomaron muy bien, pero conforme fueron llegando los invitados lo olvidaron. Como vivo al final de una privada en una colonia cerrada tengo la calle para mí solo y es raro ver carros ahí. Además invité a gente con hijos; tantos, que aquello parecía piñata. Saqué una mesa con sillas, vasos y copas, platos, cubiertos; descorchamos vinos y conversamos mientras los niños inventaban juegos, rituales y travesuras. Puse una bocina gigante con un iPod y la cuadra se llenó de música. Unas horas después llegó la noche; saqué una plancha y un compadre y yo servimos tacos, les dimos de comer a los niños (que no paraban de jugar) y nos preparamos para la fogata. Se armó un pequeño círculo con rocas y ahí la encendimos.

A los niños les compramos malvaviscos y atravesados con ramas delgadas los asaron directo al fuego. Después me di cuenta que a la vuelta de la esquina yacía un pino muerto, vestigio de la Navidad, y como soy pirómano me lo llevé frente a mi casa y en una especie de ritual pagano suburbano le prendí fuego. Ante el asombro de todos, las llamas alcanzaban tres y hasta cuatro metros de altura. Todo un espectáculo. Se consumió rápido: en menos de tres minutos todo era ceniza; solo quedó el tronco envuelto en tizne. En el proceso puse una canción de Iron Maiden, “The Wicker Man”, que habla sobre estas estructuras de palo que se hacían en Europa para celebrar la primavera en un ritual pagano. Seguimos con la fogata, un niño se quemó un dedo, yo me rebané el meñique cortando un aguacate y una vecina amargada le habló a la policía, misma que después de advertir que se trataba de un ambiente familiar pasaron a retirarse, no antes sin pedir que no encendiéramos fuego sobre la vía pública. Terminó la cena y saqué un pequeño telescopio y nos entretuvimos viendo a Júpiter y sus lunas galileanas y los cráteres de nuestra Luna. Conversamos acerca de las distancias y tamaños en el universo y de cómo la ciencia ha logrado expandir nuestro conocimiento del cosmos y de nosotros mismos.

La gente se fue retirando. Al final quedamos tres amigos reunidos alrededor de lo que quedaba de la hoguera, la cual alimentamos con el tronco ennegrecido del pino. Y así estuvimos un rato, bebiendo licores, fumando tabaco y conversando de todo: problemas personales, puntos de vista, expectativas y realidades y así. La luz de la Luna se deja caer sobre la montaña y la roca fría parece de metal. Es tarde y comienza a soplar un viento álgido; apagamos el fuego y aquello termina como uno de los mejores cumpleaños que he pasado.

Cumplí 46 años. Quizá por la edad o las circunstancias, pero las prioridades van cambiando. También la manera de ver las cosas. Me doy cuenta que nuestra manera de convivir ha cambiado; que muchos de los esquemas de la modernidad nos han llevado a tener vidas más automatizadas, individuales y egoístas. Que la calidad de vida ha disminuido, que vivir bien cuesta más y que hemos perdido la capacidad para gozar de manera simple, espontánea y relajada las cosas. La vida, con todas su complicaciones, histerias y sinrazones, es más sencilla de los que creemos. Somos nosotros los que nos metemos en esquemas imposibles y enredados para fastidiarnos y evitar ser felices.

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