Culto a la embriaguez

Crecí escuchando a Pedro Infante, José Alfredo, el Charro Avitia, Toña la Negra, et al. Ya se imaginará el modelo mental que se fue construyendo en mi cerebro con todas esas letras de borrachos matando a sus adversarios y a sus mujeres infieles. Y casi siempre de manera justificada, porque las mujeres le pertenecen al varón y si se les sorprende con otro, hay que matarlas. Además, en el nefasto mito bíblico de origen, el Génesis, queda claro que la mujer es la perversa y el hombre, aunque flojo y tonto, es una víctima. Pobrecito, por eso se emborracha y le pega. El caso es que toda esa música viene de una época que se supone ya pasó y que esos rasgos culturales se han ido. Se supone.

Me acuerdo de una canción de Pedro Infante, “Copa tras copa”; cantaba como si estuviera borracho, con hipo y todo. En aquel tiempo me pareció chistoso. Hoy me da pena escucharlo, es patético.

La exaltación y culto a la embriaguez obedece a la búsqueda de la expresión asincerada y fluida de emociones que bajo circunstancias de sobriedad permanecen restringidas. Por supuesto que demasiada sinceridad resulta incómoda.

La embriaguez va más allá de una experiencia individual; es ya un proceso social complejo, una necesidad. Hemos asimilado sus efectos, los hemos ritualizado, elevado a estatus de culto cotidiano, requerimiento necesario para operar en este ciclo absurdo de siete días.

Las viejas películas de Pedro Infante más los corridos de José Alfredo y sus amigochos sirven de apoyo para solidificar la apreciación del alcohol como medicina social y elixir requerido para alcanzar estados de liberación emocional y comunión social. Y es en esa coalición e invocación donde salen todos estos espectros rezagados y aletargados, los fantasmas del nacionalismo, de la pureza moral, de la entrega incondicional y de la fe inamovible hacia los símbolos religiosos y nacionales. Ahí todo se revoluja.

Estoy harto de los borrachos que te abrazan, cantan a José Alfredo y toman sus letras como verdades absolutas y guías morales y después se asinceran y te dicen lo chingón que eres, la bonita e irremplazable amistad que nos une y los terribles sufrimientos y abusos que ha pasado para ser feliz y no ser correspondido. Basta. El alcohol tiene su momento, su lugar, su modo y desde luego que su justa medida. ¿Justa medida? Perdón: más bien abuso justificado.

Nos han enseñado a vivir nuestras emociones intoxicados, cuando en el fondo lo que ocurre es que las ocultamos, desarrollamos una tensión innecesaria y después las liberamos de manera inapropiada. Y lo festejamos.

El descenso en espiral hacia un abismo depresivo y de dependencia física y psicológica es inevitable y conduce a estos mundos macabros y obscuros; INEGI: 12 mil defunciones por enfermedad alcohólica del hígado y dos mil 500 por dependencia al alcohol. Tal vez la estadística no sea tan apabullante como las casi 600 mil muertes por infarto al miocardio, pero no es motivo de preocupación menor, pues lo que evaluamos aquí es el estilo de vida alrededor de su consumo.

La dependencia al alcohol es psicológica y cultural: la mercadotecnia tiene carta abierta para anunciarlo. Su consumo en fiestas, asociado a deportes, a estilos de vida de ricos y famosos, a lo gourmet; no hay área que no esté afectada por él. Hasta la misa católica lo usa para el extraño e imposible rito de la “transubstanciación”.

La liturgia del alcohol nos une en una comunión de liberación, masoquismo y depresión, y en el fondo, de autodestrucción. Es una cultura del exceso.