Cuestión de gustos

Vamos a un museo; ves una obra del artista tal o cual y al contemplarla decides que le falta o sobra algo. Ni eres artista ni te pidieron tu opinión.

Hace años me dediqué a las artes plásticas. Le vendí un cuadro a una señora que me visitó en mi taller y al día siguiente se lo fui a dejar a su casa. Me pidió lo instalara en la sala, me pagó y me fui. Al día siguiente me habla, histérica, “¡venga para acá de inmediato!”. Resulta que el cuadro no combinaba con el color de la sala. “Píntelo otra vez; no me gusta así”. Dos cosas: pintarlo otra vez implica volver a cobrárselo, cosa que se negó a hacer, y segundo, salía más barato pintar la chingada pared. Además, no estoy de acuerdo en reducir mi obra a un mero objeto decorativo; no es un cuadro pasivo, la obra propone algo, tiene un mensaje, una intención. Entonces, la obra debe respetarse. Como ya me había pagado, me negué a pintarle otro cuadro gratis y la pendeja hizo un berrinche y terminó regalando la pintura.

Años después abrí un restaurante. Llegaba cada naco; unos no le entendían a los platillos y terminaban pidiendo cachup o mostaza. Putamadre. Me tocó ver tanta cosa; gente que llegaba con la receta escrita a mano de su abuelita para que se la preparara, otros me dejaban pescados y carnes con indicaciones de cómo cocinarlos, uno me dijo que tenía que cambiar todo el menú y otro de plano llegó un día con una lonchera, pidió una coca y se comió lo que su mami le hizo para ese día. A ver si se enteran estos patanes: no soy chofer. Esto usted ya lo sabe: no llegas a un restaurante como niño chiflado exigiendo que te cocinen lo que tu putrefacta abuelita, mamá o esposa te hacía o hace en tu casa: para eso sales a un restaurante, a vivir una experiencia nueva, diferente y decididamente más compleja y llenadora que lo que te pueden servir en tu casa. No, no es una experiencia de todos los días, no es comida casera ni popular: es una propuesta concreta y estudiada. Entonces, las reglas las pone el cocinero, tú no. Puedes ser un poco más respetuoso y aceptar la oferta de este profesional. Te lo pongo de otra manera: vamos a un museo; ves una obra del artista tal o cual y al contemplarla decides que le falta o sobra algo. Pues no mames: ni eres artista ni te pidieron tu opinión. Algunas cosas son como son, y deben respetarse tal cual. ¿Excepciones? Siempre las hay, pero no hay que confundirlas con el capricho y berrinche de quienes se sienten por encima del trabajo de otros. ¿Quieres tu comida, tu música, tu arte y vestido a tu gusto, forma y manera? Pues hazlo, pero déjanos a los que nos dedicamos a crear y ofrecer lo mejor de nuestro esfuerzo y tiempo en paz. Mucha gente asocia de manera automática lo que no le gusta con lo mal hecho o mediocre; “no me gusta, por lo tanto es malo”. Pues no, así no es.

Nos han indoctrinado y han hecho creer que, como estamos pagando, tenemos ciertos derechos por encima del sentido común, el civismo y por el respeto a otros y a lo que hacen. Ya no sabemos apreciar las cosas como son; no somos capaces de observar, sólo de juzgar y, como adolescentes rabiosos, exigir que las cosas se hagan a como nosotros queremos, a como nos conviene. Perdimos dos cosas básicas: capacidad de observación y respeto por lo que es y ocurre a nuestro alrededor. Esto nos lleva a vivir de manera egoísta y egocentrista, y a la larga hace que la gente y los negocios cedan ante esta presión y dejen de proyectar su visión particular y así todo se estandariza y nos transformamos en una sociedad de gustos y pensamientos generalizados, parcos, insuficientes.

No, no es cuestión de gustos nada más; es un asunto de educación, inteligencia, sensibilidad, respeto, apertura y actitud correctas.

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