Sentido

Cuando hablamos de sentido en cuanto a la vida humana, hablamos de una mezcla de dirección y propósito. Dirección la tiene, pues tanto nosotros como circunstancias se la otorgan, pero un propósito, no: es completamente inventado y netamente subjetivo. Y depende de la cultura en que nacimos; la escuela en que nos educamos, la casa donde crecimos y las tendencias a las que nos someten estos factores de manera inercial.

Mucha gente (demasiada, me temo) cree que el sentido de sus vidas es dado por el destino. Y el destino lo entienden o suponen como una fuerza inteligente que condiciona su vida a priori. Y el juego es más o menos adivinar hacia dónde dirigirse y qué hacer de acuerdo al argumento o creencia que usted quiera. Y si las cosas ocurren de manera distinta a la que usted suponía, no importa, acéptelo: ya estaba escrito.

Creer que nuestro destino está sellado es una especie de resignación, de conformidad, de intolerancia hacia el acto de cuestionar, de pensar. Es un auténtico y sucio acto de pereza mental. Es aceptar pasivamente una realidad que puede someterse a escrutinio y reflexión. Creer en el destino limita nuestra comprensión de la vida y sus potencias, simplificándola en un cómodo esquema que supone que una fuerza misteriosa está por encima de nuestras capacidades, condicionándonos para quién sabe qué fin.

El destino ignora nuestros deseos e intenciones, juega con nuestras emociones y sabe de antemano de nuestros fracasos y logros, y no se inmuta al arrebatarnos todo cuanto hemos querido y logrado. ¿Será el destino otra de las caras siniestras de Dios o un mecanismo misterioso de la naturaleza? Quién sabe. Lo que sí le digo es que el destino es no asumir responsabilidad de una parte del futuro que sí depende de nuestras decisiones y la otra parte de lo que nos ocurre no tiene nada que ver con ninguna fuerza inteligente y avasalladora.

¿Qué es lo que nos lleva a aceptar un camino y no otro? Supongo que hay fantasmas en nuestra cabeza que vociferan constantemente y que opinan sobre lo que deberíamos hacer, y la mayoría de las veces no saben bien lo que quieren decir y además son muchos y no se ponen de acuerdo. Es complicado. No hay más destino que el que queremos y podemos ver. Lo demás es quimera.

El destino no es otra cosa que un camino oscuro lleno de opciones no muy claras; unas las vemos, otras no, y cuando queremos ir hacia alguna parte, terminamos en otra. Hay que tener pues cuidado con las mutaciones del destino pues son muchas, muy engañosas e insospechadas.

La pregunta clave es, ¿si la vida no tiene más sentido que el que le damos, pues entonces no tiene una validez muy universal que digamos, sino una condicionada por el momento histórico que se vive? O sea que la realidad se va armando poco a poco, según las circunstancias y el momento. Aparte, le informo que no somos tan importantes o imprescindibles como pensamos; cuando usted y yo estemos bien secos y tiesos en un hoyo, cubiertos de tierra con una piedra encima con flores marchitas, el asunto quedará en manos de los que nos sucedan. Así es esto.

¿Consejo? Yo no estoy para esas cosas; haga lo que se le pegue su rechingada gana. Yo sólo opino de lo que me concierne y además ya tengo mis cosas resueltas.

Por lo pronto, mañana comienzo a escribir un libro que se titulará Cómo lograr que su vida deje de tener sentido. Me queda claro que a veces es lo mejor: sólo dejar que las cosas ocurran, sin creer que hay que hacer o ir a alguna parte o lograr algo y no echarle la culpa a nadie porque las cosas no salieron como nosotros habíamos esperado.


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