Consejo

Cierto día llegó un amigo a pedir consejo. -Mi mujer me engaña, -dijo- y el rostro se le desbarataba en muecas y ansiedades. Pasó a relatar los detalles y, aunque me hubiera encantado ponerlos aquí porque están de película y además tengo una mente mórbida y amarillista, no es el caso. Dejémoslo para otra ocasión.

El asunto es que este pobre diablo preguntó algo muy específico: -¿Qué hago? No vacilé en contestar: -Lo que tú consideres más adecuado, -dije-. Se me quedó viendo con cara de pocos amigos. Y no es que sea ojete, pero hay que ver las cosas con cierta óptica; para empezar, no soy sacerdote, ni psiquiatra ni consejero marital. Yo no estoy capacitado para decirle lo que deba o no hacer con su vida y su circunstancia. Y esto porque siempre hay información que desconocemos; ¿qué tal si lo que dice es parcialmente cierto? El tipo puede estar mintiendo, o por lo menos, escondiendo información importante. Y ese suele ser el caso, déjeme decirle. Entonces yo no tengo por qué ponerme del lado de nadie. Empezando por ahí.

Segundo: la persona que busca consejo puede no estar preparada para sobrellevar un cambio o para admitir que quizá él o ella tengan un problema. Y esto complica las cosas porque quien no admite tener un problema va —siempre— a responsabilizar a terceros por sus desgracias. Y la realidad, ya lo sabemos, es otra: todos somos cómplices, en mayor o menor grado y proporción, de los conflictos en los que estamos consensualmente involucrados. Yo digo que lo mejor es hacer acto de presencia, escuchar y dejar de pegarle al especialista.

Pero nos cuesta tanto trabajo mantenernos al margen.

Hoy todos se meten en la vida de todos. Y es peor que antes, porque tenemos redes sociales: basta con que alguien publique cualquier cosa personal, como romper con la pareja, o anunciar que ese día estás triste, para que antes de media hora aparezcan en tu muro de Facebook eruditas y trascendentes opiniones, soluciones mágicas y detalladas agendas que dicen qué hacer y cómo resolver el problema.

Claro que eso no resuelve nada; antes termina en una Cena de Negros donde transita lo banal y lo caótico y suele terminar en discusiones y peleas entre las personas que opinan y que nada tiene que ver con el asunto original. Además del absurdo bizarro de creer que postear en el muro virtual ejercerá una influencia real y efectiva y que esto traerá un cambio en esa persona. Pues eso no va a ocurrir nunca.

Las personas deben aprender, primero, a respetar la vida de otros, y segundo, a resolver sus propios problemas. Sí: con ayuda de terceros. Pero de terceros competentes, no de perdedores ni aprendices de psicólogo-chamán. "¿Qué hago?", pregunta mi amigo. "No sé", contesto. Supongo que ya se te ocurrirá algo; esperemos que sea lo mejor. Hay que ser francos, y como dije, no pegarle al mago. Todo esto tiene que ver con asumir responsabilidad de nuestras cosas y no esperar a que llegue alguien a decir cualquier pendejada. Ese día nuestros cerebros se ponen a trabajar en serio y, créame: la solución brinca sola, tarde o temprano. Claro que si de plano el asunto es de crisis tremenda, bueno, pues lleve a su amigo a un puto psiquiatra: para eso está esa gente.

Por lo pronto, uno nunca debe opinar sin tener suficiente información sobre las personas y sus circunstancias; ponerse del lado de alguien casi siempre resulta en asumir que esa persona tiene razón, que es una víctima y que la otra —u otras— personas involucradas son antagonistas y hasta perversos. En fin: dejemos a las personas y sus problemas en franca sintonía con el universo y disfrutemos la vida.


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