Conexión

Me parece que puede ser mucho más enriquecedor vivir una experiencia multicultural en donde se relacionen efectivamente varias disciplinas.

En mi mejor apreciación de las cosas, me parece que la sociedad de las grandes urbes está culturalmente escindida. Uno atiende exposiciones de arte, conciertos, presentaciones literarias, performances y cenas maridaje, pero rara vez se combinan estas manifestaciones en un mismo tiempo y espacio. Me vienen a la mente esas exposiciones de arte donde en la invitación dice “después habrá un brindis de honor con bocadillos”. Suelen ser canapés de la peor manufactura, sólo aptos para perros, mientras que el vino cae siempre en patéticos ejemplares de rieslings dulzones en llamativas botellas de color azul. Ahí le encargo el dolor de cabeza. Aquí, por ejemplo, la comida no es complemento de nada ni está ahí para rellenar un evento; se supone que debe ser parte básica del mismo. Pero comida y bebida se toman como elementos secundarios a la experiencia fundamental. Este es un ejemplo del problema.

Me parece que puede ser mucho más enriquecedor vivir una experiencia multicultural en donde se relacionen efectivamente varias disciplinas. Presiento que tenemos una incapacidad para ver las cosas de manera conectada y global, quizá solamente como eventos aislados con un valor marginal, limitado. Así las cosas pronto se olvidan y sólo valen por el momento en que se vivieron, pero no son trascendentes, poseen un valor inmediato que sólo los poetas de lo fugaz podrán apreciar. Y la vida de todos los días está llena de oportunidades para trascender, para vivir momentos interconectados, relevantes y con significado. Hoy la vida es una colección estéril de eventos que pronto se olvidan: una salida al cine, un concierto, la exposición. Pero no se puede ver el todo por andar mendigando breves momentos que no dejan mucho. Somos justamente eso, una civilización inconexa, descojonada. Inconexa cultural, anímica, política y emocionalmente. Desbaratada. Vivimos una serie de eventos que se suceden, pero que no terminan de cuajar y no logramos una chingada.

El cerebro tiene la capacidad para procesar muchísima información de manera simultánea y generar reacciones inmediatas, opciones, soluciones. Y el de las mujeres, por cierto, es muy bueno para eso. Pero cuando veo el resultado de muchos cerebros trabajando en conjunto me quedo patidifuso porque no veo un proceso de correlación ni de estructura que nos lleve a tomar las decisiones correctas (o por lo menos las más adecuadas). En equipo siempre terminamos generando cosas que van de mediocres a malas. Y siempre en detrimento de nosotros mismos. Eso no lo comprendo.

Debemos comenzar a conjugar nuestra experiencia en modelos de integración con los cuales logremos un avance, porque lo que veo hasta ahora es sólo un desplazamiento más o menos automático a través del paso normal del tiempo, una fuerza que no tiene ni sentido ni dirección, un derroche de energía y de recursos.

En las ciudades impera siempre una especie de descontrol, de caos que apenas y podemos entender, asimilar y manipular, y esto se transmuta en conductas automatizadas que padecen justamente de esa cualidad de concentrar la energía y hacerla eficiente. Nuestra vida de todos los días se centra más en la distracción que en lograr algo trascendente.

La disgregación de la energía –la intención, el esfuerzo– sólo produce una pérdida de la misma; hay que concentrar, focalizar. Hay que poner atención a la realidad inmediata y establecer conexiones que vayan más allá de lo obvio. Debemos apreciar el valor de cada fenómeno e integrarlo. Sólo así tendremos una visión más profunda de la realidad.

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