Circo, maroma y teatro

El circo es un remanente absurdo de una época que venía arrastrando tácticas de entretenimiento primitivo donde era divertido ver el sufrimiento de animales y humanos.

El olor a estiércol, paja, humo de cigarrillo, alcohol, el aroma de las palomitas y perfume de dama me enferma. Me estresa muchísimo ver a los acróbatas: siento que van a caer en cualquier momento. El que juega con lumbre me divierte y a los payasos sencillamente los ignoro. Entonces sale toda clase de animales: perros, changos, un elefante, el león, dos caballos trotando con mujeres encima con antorchas en las manos y hasta un papagayo. No me gusta. Este lugar no es divertido y le pido a mi tía que nos vayamos a otro lado. Tendría como siete años.

Nunca me gustaron los circos. Sí: hay algo romántico en ellos, una especie de lastre bizarro y anacrónico que les da una peculiaridad, pero me parecen pesadillescos.

Recuerdo la película Freaks (1932); los actores eran casi todos miembros de un circo. El hombre sin piernas, el gigante, los enanitos, la mujer barbada, las hermanas siamesas y así. Igual que con P.T. Barnum, el mensaje detrás de estos espectáculos es que la sociedad tiene una deformidad subyacente que le otorga una identidad particular, pero que nadie quiere aceptar. Por eso existen espectáculos donde se encuentran concentradas y confinadas estas aberraciones. Es la recreación bizarra, estrambótica y siniestra de la sociedad dentro de un medio creado específicamente para tal efecto. Aprecio al circo como una especie de manicomio donde los locos se confunden con los cuerdos, creando un espectáculo que reduce la línea divisoria entre ambos estados a una confusa indicación donde ya no es posible diferenciar uno de otro. En el célebre cuento de E. A. Poe, “El sistema del Dr. Tarr y el profesor Fether”, un viajero es invitado a conocer un manicomio, la comitiva del lugar le hace una cena especial para recibirlo y éste presencia un espectáculo extraño y desbordante de histrión absurdo y ridículo por parte del personal. Al final se entera: los locos habían escapado, encerrando al personal clínico en las celdas, untándolos con alquitrán y pegándoles plumas de aves. Los papeles se habían invertido.

El circo es un remanente absurdo de una época que venía arrastrando tácticas de entretenimiento primitivo donde era divertido ver el sufrimiento tanto de animales como de humanos, ya sea sometiéndolos a rutinas sangrientas (como en el Coliseo de la antigua Roma) o exhibiendo sus deformidades. Recuerdo el filme El hombre elefante, basada en la vida de un hombre con elefantiasis y que es rechazado por la sociedad, pero esta misma lo acepta dentro de un rol de personaje raro en un espectáculo de entretenimiento amarillista. Justamente ahí, en la contemplación de lo que nos parece diferente y lo que nos asusta podemos cuestionar sobre lo que es o debería ser lo normal, sí debemos estandarizar nuestra apariencia y comportamiento en algo que sea concomitante con la estética y tendencia del momento, y evitar toda conducta que salga de este criterio y sea considerada ectópica y excéntrica.

¿Y la Carpa mexicana? También tenemos el Vaudeville norteamericano. Son alternativas que me parece pueden resucitar, actualizadas.

Me pregunto si hay manera de reestructurar, reinventar el circo, retirando toda su agenda siniestra de abuso de animales y personas. Pienso que sí. En una época de entretenimiento fundamentalmente electrónico creo que aún es posible regresar a un esquema de convivencia social que nos aleje de la alienación creada por estos medios.

El circo es un monstruo de pesadilla, sitio misterioso, un fenómeno complejo pero anacrónico: debe irse.

O transformarse.

chefherrera@gmail.com