Cargar pesas

No lo entiendo. Para qué alguien querría pasar su tiempo levantando una barra con pesas, no termino de computarlo. Supongo que si uno está en la cárcel pues tendría sentido por el tema de verse fornido, pero analizándolo bien, pienso que sería más efectivo aprender karate. Quienes lo hacen —levantar pesas— podrían entrar en algún estado de trance o algo que los lleve a una especie de iluminación a partir de la cual descubran verdades universales o por lo menos revelaciones de carácter personal. A lo que voy es que se trata de actividades personalizadas, cíclicas —cerradas— que aunque se cataloguen como deportes, de deportivo no tienen más que lanzar guijarros sobre la superficie de un lago para ver quien hace más patitos. Por alguna razón que escapa a mi entendimiento nos la pasamos empujando las capacidades físicas del cuerpo en la forma de deportes legitimados en diversos apartados; los que implican correr, saltar, aguantar, llegar antes que nadie, brincar más alto y más lejos, arrojar objetos (¡objetos!) como esferas de metal y jabalinas, y otras expresiones por demás absurdas. Siento que, en tanto que la expresión deportiva puede ser interesante, no todo debería ser catalogado como deporte y mucho menos ser incluido en las Olimpiadas, las cuales, ya que las he mencionado, adelanto que muchas de sus competencias me parecen aburridísimas (soporíferas algunas) y que espero sirvan para algo sublime como conciliar diferencias y unificar a los países, porque fuera de eso no les veo ninguna utilidad. Me inclino más por actividades físicas que contengan su buena dosis de gracia y elegancia; así se cuentan los clavados, la gimnasia, el patinaje sobre hielo y así. Y las artes marciales, a las cuales les tengo un aprecio particular, por el contenido filosófico implícito en algunas de ellas. La fuerza bruta no me dice absolutamente nada y no encuentro emoción alguna detrás de su ejecución, en la forma que usted quiera. Habrá quien defienda el punto argumentando que los antiguos griegos inventaron esto de arrojar una bala y elevarlo a deporte olímpico. Lo entiendo, pero de igual manera nuestra civilización inventó el reggaetón y el perreo y muchas personas lo aplauden. En todas las épocas hemos cometido errores graves, luego lo más sensato sería corregirlos; sin embargo, seguimos alimentando estos descalabros y además los festejamos. Y no sé qué sea peor, si arrojar una esfera de metal para ver qué tan lejos llega o escuchar reggaetón. Prefiero arrojar objetos y recibir premios y loas.

Volviendo al tema de la halterofilia, me parece que se trata más de un asunto psicológico que deportivo. Es como aquellas mujeres que se obsesionan por tener chichis, labios y nalgas más grandes. Siguiendo esa agenda vemos que hay caballeros que sienten esta imperiosa necesidad de desarrollar músculo para crear un cierto tipo de imagen, vaya usted a saber con qué fin; eso es cosa de ellos. O tal vez encuentren divertido hacerlo, en tal caso no tengo más que estar de acuerdo con ellos y pues, sigan con su rutina. En lo que me incumbe a mí, arrojar objetos para ver qué tan lejos llegan es una actividad de niños en un campamento, y levantar pesas corresponde a un proceso iniciado en la prehistoria. Estas fantasías primitivas del hombre más fuerte quedaron en la antigüedad; me parece que para el día de hoy deberíamos prestarle más atención a las potencias de la mente y la cultura y dejar la fuerza bruta para cargar bultos, estibar cajas, alborotar adolescentes o como mera función de circo.


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