Cambio y adaptación

Hay que aprender, aceptar y permitir el cambio. Es parte de su estrategia de supervivencia. Eso o nos quedamos en la mentalidad de ranchito. Hay que sentarnos a pensar.

El cambio es inminente. Ha estado tocando las puertas de la ciudad desde hace tiempo ya, pero lo hemos ignorado. Se anuncia a boca de jarro por todas partes; en lo político, cultural, económico, gastronómico. Pero nos hacemos como que no vemos ni escuchamos. En algunas áreas sí nos hemos adelantado, pero otras, fundamentales, no.

La riqueza de una ciudad se mide a partir de la diversidad humana que posee. “Pueblo chico, infierno grande”, dice el dicho. Y sí: en lugares donde no hay suficiente diversidad, las cosas tienden a homogeneizarse y así se generan estándares que casi siempre rallan en el dogma y la intolerancia.

Sociedades como la nuestra, que poseen un nivel de aislamiento relativo presentan un comportamiento peculiar: tienden a generar estructuras de identidad bien definidas, concretas. Crean sus propias reglas y procuran tendencias y novedades. Pero también este aislamiento limita la apertura y el crecimiento culturales y muestran un notorio rechazo a cualquier influencia que atente contra esta identidad, y las influencias que se permean son permitidas pero modificadas, adaptadas a los estándares, pretensiones y hasta prejuicios de esa sociedad. Si lo comparamos como ciudades multirraciales como Nueva York donde la población está sujeta a intensos estímulos culturales y sociales, entendemos cuán lejos estamos de un proceso evolutivo verdaderamente globalizantes. Todo esto genera una tensión, una resistencia.

Si nuestra visión hoy es más global, sólo es de esperar que nuestra cultura también lo sea. Por alguna razón esto no ocurre en Monterrey. O por lo menos no con la velocidad que debería. Crece en términos urbanos, pero no corresponde con el crecimiento cultural. La desproporción es enorme. Yo lo veo desde mi área, la gastronomía; son contados los restaurantes nuevos que abren y que tienen una propuesta culinaria que vaya de acuerdo con nuestro crecimiento. La restaurantería crece en volumen, no en calidad. Franquicias, copias y remedos apabullan a una clientela que ha sido acostumbrada a comer de cierta manera; nos hemos adaptado a ofrecer un producto que se consuma fácil y dentro de ciertos rangos de precio. Poco es el esfuerzo que se hace por presentar platos distintos, modernos, arriesgados. Nos vamos por lo fácil y por lo que ya está probado que funciona. Los cambios no se dan bajo ese esquema de cautela y temor: ocurren bajo una planeación profunda, visión, paciencia y constancia. ¿No deberíamos tener por lo menos un par de calles especializadas en comida? Los barrios gastronómicos de otras ciudades hablan de sociedades que ha consolidado sus etnias, sus tendencias, sus influencias y las han transformado en fuerza viva, en potencia de cambio.

Debemos aceptar los cambios pero no sabemos cómo ni estamos seguros a dónde nos van a llevar. Carecemos de una dirección y reaccionamos de acuerdo a un sustrato de conductas preformadas imposibles de modificar, de adaptar. No me gusta decir esto porque soy de aquí, pero por lo mismo debo hacer la observación: Monterrey no es una ciudad propiamente, es una colección de barrios ejidales conectados por calles pavimentadas y postes de luz. Ciudad mis huevos.

Hay que aprender, aceptar y permitir el cambio. Es parte de su estrategia de supervivencia. Eso o nos quedamos en la mentalidad de ranchito. Hay que sentarnos a pensar seriamente en el asunto, tomar una decisión y actuar. De veras, no hay de otra. De no hacerlo, la realidad nos va a atropellar y vamos a quedar hechos unos pendejos.

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