Brujo

¿Cómo va el negocio? Mal. Aparte de la poca clientela que les queda, los empleados –todos– renunciaron, se fueron. Así, de un día para otro. La razón: el nuevo dueño no conoce el negocio y desde que lo compró hace unos meses se ha dedicado a fastidiar las cosas. Gusta tratar mal a los empleados: humillarlos, gritarles, castigarlos rebajándoles sueldos, haciéndoles trabajar horas extras innecesarias, negándoles ausencias justificadas y tratándolos como indigentes y estúpidos. Entonces el dueño decidió contratar al brujo para resolver el problema.

Llegaron como a las 09:00. Elisa, la secretaria de la agencia de viajes del local de a lado, los vio llegar. “Ese señor es bien enojón”, dijo, y hacía un aspaviento con la mano derecha. Entraron al local y el chofer del dueño preguntó que en qué consistía el trabajito; “es una intervención”, corrigió molesto el brujo, y agregó el dueño: “y te aclaro que el señor no es un brujo, es un doctor”. Pues este doctor, ni de medicina ni de leyes, era un experto en lo oculto. Bajaron un cajón de madera antiguo lleno de cosas misteriosas; velas de todos colores, talismanes, amuletos, porquerías secas y barnizadas, figuras de deidades ancestrales talladas en hueso y madera, un sahumerio, botes con sustancias, un pomo de mezcal, cristales de cuarzo y amatista, imanes y un crucifijo quemado. El brujo construyó un altar, repartió los minerales por toda la cafetería, desplegó un petate en el centro de aquel espacio y pidió al dueño y al chofer que salieran. Se quitó las sandalias, levantó los brazos y con los ojos cerrados mencionó una serie de nombres extraños, presumiblemente de seres inmateriales. Encendió el sahumerio con resina y otras cosas e hizo un recorrido por la cafetería entonando un cántico en una lengua perdida. Se dirige hacia el altar, enciende veladoras, se hinca y comienza a rezar una mezcla entre oraciones cristianas, magia negra y santería. Luego tomó el mezcal, bebió una porción que a mí me pareció escandalosamente abundante y copiosa, y experimentó un ataque de glosolalia. Y así terminó aquel proceso hermético. Cuando volvió en sí ordenó al chofer guardar todo y subirlo a la pick-up y dio por concluido –con éxito– la intervención. Elisa no para de reír; el dueño le dice al chofer que vio clarito a los malos espíritus salir volando fuera del local. El caso es que la limpia, o como quiera llamarle a ese ridículo histrión exótico, no funcionó: el dueño traspasó la cafetería semanas después.

La gente prefiere eludir las soluciones prácticas y reales para resolver problemas y elijen procesos complicados, bizarros y, aunque pintorescos, absurdos. En el caso del dueño de la cafetería, fue su excesiva confianza en un charlatán, su egocentrismo, ignorancia, su falta de conocimiento de ese negocio en particular, su mezquina actitud y negligencia lo que lo llevaron a la quiebra. De haber visto y aceptado esto hubiera corregido el error y el brujo habría salido sobrando, pero eligió el misterioso camino de ciencias  ocultas (que de ciencia no tienen nada) y, aunado a su necedad e ignorancia, lo llevaron al predecible resultado del fracaso. Si analizamos objetivamente las cosas, tienes paciencia, honestidad y claridad de pensamiento, entenderás las causas por las cuales las cosas no están funcionando, y así será más fácil hallar una solución realista al problema. Dejémonos de pendejadas y de confiar en estos charlatanes, pésimos actores de lo imposible, y hagamos las cosas bien usando el cerebro.