Bogotá: primeras impresiones

La gente aquí habla con una tonada característica; es un canto suave, bien puntualizado y espaciado, meloso y reconfortante.

La ciudad es bonita, ordenada y limpia. Acostumbrado a ver basura por todas partes allá en México, no puedo más que sorprenderme. Extrañamente la gente también es tranquila y a veces amable; tremendo contraste con los gritos y aspavientos a los cuales estoy acostumbrado. Incluso llego a pensar que el gobierno de la ciudad vierte alguna especie de sedante en el agua para mantener a la gente medio anestesiada. El clima es perfecto: templado, fresco, con noches a veces frías, cielo cambiante y una sensación de confort constante. Recordando los calores satánicos de Monterrey, este lugar es un sueño.

Llueve otra vez. La de hoy es ligera y pausada; sopla una brisa cansada, apática. Manchones nubosos recorren lerdos el cielo, se retuercen, apretujan: dejan pasar una luz que destila tonos de gris.

Gran parte de los edificios están hechos de ladrillo; es una escena constante. Le confiere una identidad propia al paisaje.

Hoy fui al centro a una tienda de música. Me hice de una buena colección de música de acá, entre la cual destaca el vallenato. La gente de aquí apenas advierte la importante relación de este género con Monterrey; tenemos tres estaciones de radio dedicadas al vallenato. Pero hay mucho más y paso horas escuchando muchos discos de estilos muy variados e intérpretes que no conocía. El país tiene una cultura musical muy rica y compleja.

La gente aquí habla con una tonada característica; es un canto suave, bien puntualizado y espaciado, meloso y reconfortante. Usan diminutivos y muletillas que les son propios y los identifican. No invierten mucho lenguaje en insultos, a diferencia de México, donde ese apartado posee un estatus de culto. La manera de hablar de la gente aquí va de acuerdo a su humor. Puedo decir que está en el otro extremo a como hablamos —y somos— en Monterrey. Aquí, hablar es una especie de música.

El cuarto de hotel es espacioso y cómodo. Siempre he pensado que el éxito de un hotel depende de dos factores; de la relación entre la cama y la comodidad de sus almohadas y de la calidad del café que sirven. Todo lo demás vale para una chingada. Los desayunos en el hotel son poco menos que abominables; en el mejor de los casos uno puede salir de ahí más o menos bien librado con un plato de frutica, el jugo del día y café. Luego de una semana comienzo a extrañar los desayunos mexicanos: estoy a punto de entrar en crisis. Sebastián, el joven chef del hotel, tiene toda la disposición para aprender cosas nuevas y no objeta cuando propongo enseñarle a hacer unos huevos rancheros. Explico en detalle el platillo y a la mañana siguiente estrenamos una primera versión; es un intento más o menos decente pero padece de algunos defectos, uno de los cuales es grave: el chile. Como no hallaron chiles serranos ni jalapeños, usaron rocoto (un ají peruano) y aunque no es malo, tiene un sabor raro que no me gusta y del cual no estoy acostumbrado. Lo bueno es que ya dimos con un sitio que vende chiles mexicanos y vienen en camino; quizá para mañana tenga ya unos huevos rancheros de verdad.

Bogotá es famosa por su problema de tráfico; a los embotellamientos les llaman “trancones” y créame que uno pasa horas encima del vehículo. Se estima que la ciudad tiene cerca de 400,000 motocicletas; se trata de un vehículo lógico porque se escabullen entre los carros y son más rápidos. La ciudad no tiene sistema de Metro porque está construida sobre una laguna y esto plantea serios problemas técnicos que no han logrado resolver.

En una primera impresión, ésta es una ciudad admirable y se goza una experiencia única. Llevo dos semanas aquí y no me siento como un extraño; no en todas partes ocurre eso.

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