'Best seller'

En definitiva, ¿qué son los best sellers —uso la palabra best seller en mal sentido—, esos inmensos ladrillos que cierta gente compra en los aeropuertos para empezar las vacaciones y autohipnotizarse durante una semana con un libro que carece en absoluto de calidad literaria pero contiene todos los elementos que ese tipo de lector está esperando y naturalmente encuentra?", (Julio Cortázar).

El otro día viajé en avión. Aunque yo siempre cargo con un libro siempre que viajo, me gusta merodear en los puestos de revistas que hay ahí en los aeropuertos a ver si aparece algo interesante. Casi nunca compro libros en los aeropuertos (excepto en la Terminal 1 de la Ciudad de México, donde tienen una librería mejor que cualquiera que las que hay en Monterrey, imagínese), porque lo único que encuentras es una colección de títulos de autoayuda y superación, las iluminaciones del payaso de Osho, el millonario asceta, libros de cocina fácil y mala, novelas para mujeres abandonadas y en crisis, manuales de éxito empresarial y liderazgo para empleados de segunda que sueñan con ser patrones y que todavía no se enteran de que han fracasado de manera permanente y sin esperanza y toda la gama de dietas creadas en los últimos 40 años. Un montón de basura, pues. Ahí en la cafetería del aeropuerto me encontré a un conocido y comentábamos el punto cuando me dijo algo así como, "y qué importa lo que lean, ¡mientras lean!". No estoy de acuerdo. No acepto que me cambien literatura que pueda ejercer un cambio, suscitar reflexión o despertar emociones o simplemente dejarlo a uno con una sensación de inquietud y desconcierto por monitos (que tienen su valor, claro) o tomos con garabatos que se repiten y ciclan en sí mismos y, encima de no decir ni aportar nada, lo recalcan para que quede bien claro que puedes estar leyendo lo mismo dicho de muchas maneras y te haga sentir como si hubieras leído un puto tratado filosófico. En serio.

Yo les llamo "libros tontos", y son como esos huevos de avestruz que por fuera están muy bonitos, pintados e ilustrados, pero que adentro no tienen nada.

De niño, mi mamá me llevaba a la peluquería y mientras esperaba turno mataba el tiempo leyendo las tiras cómicas. Eran divertidas y se transformaban en parte de la experiencia de ir al peluquero (que por cierto, ahora se hacen llamar "estilistas", pero en el fondo no dejan de ser peluqueros). El punto es que estamos leyendo libros para niños disfrazados de textos para adultos.

Así como en cocina tenemos la cocina rápida, mal hecha, sin propiedades nutricionales y valor social ni creativo, así debo establecer una similitud con la literatura que posee las mismas características, aquella que no aporta nada y que solamente otorga ensoñación y que no sirve más que para regocijarse en fantasías onanistas. Ya deberíamos enseñarnos a diferenciar entre el mugrero de siempre y la literatura que de verdad provoca y procura reacciones y cambios. Ya no son tiempos de resignarse a leer cualquier cosa sólo para llenar el hueco de una actividad fundamental que debería ser tan natural como abrir el periódico por la mañana o limpiarse el culo. No necesitamos éxitos editoriales ni de taquilla; queremos buenos y saludables hábitos de lectura. Me sorprende cómo ve uno clásicos de literatura a precios ridículos que nadie compra, ediciones carísimas de superlujo del Quijote que sólo sirven para adornar estantes y volúmenes cansados y polvosos como para llenar la biblioteca de las Momias de Guanajuato. Milenios de literatura increíble para terminar leyendo a Osho, a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho y los 10 pasos para triunfar en los negocios y en la vida. No mamen.


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