Bazar

Hay una diferencia notable entre lo que uno encuentra en las casas de antigüedades, ventas de garaje y bazares.

Las primeras son verdaderos depósitos de antigüedades, en tanto que lo que uno encuentra en el bazar es una colección de cosas viejas y usadas y ordenadas. Lo de las ventas de garaje no es más que un montón de basura y aunque ocasionalmente se hallan cosas interesantes, casi todo es mugrero y no sirve para nada. A menos, claro, que sea de casa de ricos.

Me gusta merodear por estos lugares porque hay cosas misteriosas, olvidadas y evocadoras. Ese día entré al bazar con la solemne intención de comprarme un saco. El dependiente me llevó a la sección de ropa e indicó un área donde desfilaban colgados unos ochenta ejemplares de todos colores y texturas. -Aquí va usted a encontrar lo que busca, -dijo- pero lo más interesante está al final; acaba de llegar una donación muy buena.

Caminamos entre aquellas prendas, unas viejas y otras más recientes, y un aroma a polvo, loción, talco y humedad nos envolvió. Llegamos al final de la sección y descubrió una serie de trajes de marca, casi todos en perfecto estado. -Una viuda las vino a dejar, -y acariciaba las telas como si fueran de algún santo o celebridad-.

-Su marido murió de cáncer: se fue en cosa de meses-. La señora juntó todas sus pertenencias y las vino a dejar aquí. -Pruébese el que guste; del otro lado están los pantalones, ¡y por allá encuentra camisas y corbatas!- dijo, emocionado. Te digo que son de buena marca; si te gusta alguno, te dejo saco y pantalón por 300 pesos. ¿Qué edad tenía esta persona cuando murió? pregunté. ¿Él? No sé, pero la viuda tendría como 36 años, no más. Sonó el teléfono y el tipo se fue rápido por aquel pasillo, golpeando pantalones y camisas y silbando una melodía. Un saco captó mi atención; gris claro con recuadros de tonos de gris. Se veía de mi tamaño y parecía combinar bien con mi sombrero, así que lo descolgué y me lo puse. Al principio sentí una especie de temblor, una irradiación muy fina y delicada que provenía de aquella prenda. Supuse se trataba de energía estática. ¿Podría ser que la energía de las personas quedara acumulada en las cosas que usan? Me quedó bien; es cómodo, holgado, ligero y elegante.

Me gusta. Me imagino saliendo de ahí con mi saco nuevo, presumiéndolo, sintiéndome bien. Un latido repentino y errático me llevó a tocarme la tetilla izquierda y entonces sentí algo; en la bolsa interna del saco había una foto.

Una familia disfruta unas vacaciones en la playa; dos niñas de entre 4 y 7 años, papá y mamá. Sonríen mientras las olas rompen sobre la playa y extienden espuma sobre la arena. Esa foto es quizá un doloroso recuerdo para una familia que no desea invocarlo. A lo mejor el olvido es lo más juicioso aquí. La foto no luce desteñida: es reciente. Se me hace un nudo en la garganta y una inmovilidad fría me oprime; de esas veces que te das cuenta de tu propia respiración y ves que lo haces de manera algo forzada, e inspiras hondo y captas aromas a una loción vieja, a un perfume que no reconoces; a una casa y un tiempo que no es tuyo, un lugar triste, raro y alejado de ese momento en donde se ha detenido esa energía que intercambiaban el saco y tu piel y se ha transformado en una especie de mortaja fúnebre. Pensé en mis hijos, mi casa, en la vida que tengo; me quité el saco y lo regresé al gancho donde estaba. El dependiente me vio salir sin preguntar y decir nada. El aire de la calle me intoxica de aromas cotidianos, comunes. Dejé atrás aquel extraño lugar repleto de olvidos y memorias rotas, vidas truncas, susurros, ecos perdidos, de misterios y preguntas: un lugar habitado por verdaderos fantasmas.  


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