Barril de envidia

El relato explora de manera magistral la envidia y la lleva a sus últimas consecuencias, porque si uno desea lo que tiene el otro y no puede obtenerlo.

Advertencia: si no ha leído el cuento clásico de Edgar Allan Poe El barril de amontillado, ¡no siga! Voy a revelar el final y arruinaré su lectura. Si lo conoce, adelante. Y si no lo ha leído, pues léalo antes, coño.

El cuento trata de un sujeto (Montresor) que se encuentra a un viejo amigo (Fortunato) en una fiesta. Montresor nos dice que Fortunato lo ha insultado y a partir de ahí jura venganza. Así, lo engaña: le dice que tiene un barril de amontillado y que lo guarda en su casa. Agrega que no sabe si es realmente un amontillado y que piensa recurrir a otro amigo que es un experto en el tema. Fortunato, él mismo versado en el tema, se ofende, insistiendo en que debe revisar el producto. De esta manera lo lleva a su mansión hacia las cavas subterráneas donde guarda el vino. La premeditación es grosera: primero engaña a la víctima haciéndole creer que posee un vino exótico de calidad inmejorable, luego lo tienta, al sugerirle consultar con un catador experto para confirmar la calidad del vino en cuestión, hiriendo con esta actitud su ego porque, como se informa en la primera parte del cuento, “alardea de ser un conocedor de vinos”. Después el narrador ha ordenado a sus sirvientes no pasar la noche en la mansión, preparando de esta manera el escenario para llevar a cabo su plan siniestro y al final termina matándolo. En el transcurso del cuento Montresor le informa a Fortunato que el escudo de armas de su familia reza la frase: Nemo me impune lacessit (nadie me hiere sin consecuencia), como queriendo justificar el homicidio que habrá de cometer. Pero es sólo eso: una excusa para ocultar la envidia, verdadero motor del crimen. Conviene resaltar el nombre de la víctima, “Fortunato”, aquel a quien la vida le ha dado fortuna; dice el narrador: “Ven, le dijo con decisión; regresemos: tu salud es primero. Eres rico, respetado, admirado y querido; eres feliz, como en un tiempo lo fui yo. Serás extrañado. Regresaremos, pues enfermarás y no puedo responsabilizarme por ello”. ¿Así o más claro? Por supuesto que Montresor envidia a Fortunato. A medida que caminan por las catacumbas, van pasando por cavas repletas de vinos, y el narrador va abriéndolas, intoxicando a la víctima y llevándole por un ambiente insalubre, a sabiendas que se encontraba enfermo. En una sección del cuento, ambos brindan con un vino de Médoc y mientras Fortunato hace una libación “por los muertos que nos rodean”, su verdugo, en un acto de cinismo puro, brinda por la salud y larga vida de su amigo. Es preciso resaltar que el narrador lo está drogando, preparándolo para el sacrificio.

El escenario, en general, es grave; se describe un viaje psicológico con consecuencias fatales, entre vericuetos y enredijos oscuros, lúgubres, repletos de símbolos de muerte y degeneración y bañado todo por la intoxicación del vino y el deseo irrefrenable de satisfacer el impulso patógeno. Concluye el relato cuando Montresor ata a Fortunato contra una pared al fondo de una cava —la última— y lo empareda.

El relato explora de manera magistral la envidia y la lleva a sus últimas consecuencias, porque si uno desea lo que tiene el otro y no puede obtenerlo, ¿Qué hacer? Algunos trabajarán duro para obtenerlo. Otros van a robar. Pero cuando el objeto de deseo no es alcanzable (como la felicidad, la fortuna, y así) entonces hay que destruir el objeto deseado. Lo absurdo es que al final no se obtiene lo que se desea pero sí algo siniestro: el placer de haberle quitado a alguien algo que lo hacía feliz. Esta perversidad la vivimos todos los días, en mayor o menor intensidad.

In pace requiescat!

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