¡Alarmante!

¿Cómo alcanzar un equilibrio entre la risa siniestra generada por los encabezados amarillistas, la sensación de morbo, y la empatía para con esas víctimas?

El encabezado grita, en enormes letras amarillas: “Sufre quemón”. Debajo, y con letra un poco más reducida, puede leerse que “pintaba casa y se electrocuta”, y abajo de eso y con letra aún más pequeña, un resumen: “Hombre sufre quemaduras en manos, abdomen y genitales al tocar cables de alta tensión”. Capta mi atención lo de los genitales. Pudieron haber dicho “se quemó el torso”, o “la parte baja del abdomen”, pero el caso era formar en las mentes de las personas la imagen de genitales carbonizados. Supongo que a todos nos gusta leer sobre genitales quemados, es un tema de interés popular.

Paso todos los días por un crucero donde hay un vocero que muestra mórbidos encabezados. Se ha vuelto rutina voltear despistadamente a ver la primera plana y averiguar quién murió y cómo. Un encabezado rugía: “¡Arden pino y abuelito!”. La historia de siempre; el abuelo se intoxica con ron en la cena de Navidad, se queda dormido en su silla de ruedas en la sala junto al pino, los focos hacen falso contacto y todo se quema. Olvidaron llevar al abuelo a la recámara y hoy es una pila de cenizas junto con los regalos de Santa. Perdón, abuelo; te extrañaremos. La buena noticia de todo este drama es que la familia se ahorró los gastos de la cremación. En otra nota, a un teporocho atropellado lo taparon con cajas abiertas de pizza porque no tenían sábanas para cubrir el cadáver. Lo curioso es que ese cartón era el que usaba para taparse del frío. “Varios autos le pasaron encima”, dice el reporte; era de noche y no lo vieron. Yo en varias ocasiones le he pasado las llantas a cadáveres de perros a mitad de la calle (sí, también he atropellado a unos cuantos). Es más o menos lo mismo. En otro par de casos bizarros, una desquiciada asfixió a su bebita de tres meses metiéndola a la lavadora “para amargarle la vida a mi esposo”, y otra mujer, al morírsele su recién nacida de causas naturales, se empanicó, no supo qué hacer y escondió el cadáver dentro de un oso de peluche. Estos actos no parecen haber sido cometidos por miembros de la misma especie que puso a un hombre en la Luna. Debe haber una confusión genética aquí. También me entero que otra familia abandonó a su abuelo en un tejabán y cuando lo fueron a revisar, el viejo había muerto de hambre y las que se daban un festín con el cuerpo eran las ratas.

¿Cómo alcanzar un equilibrio entre la risa siniestra generada por los encabezados amarillistas, la sensación de morbo y curiosidad, y la empatía para con esas víctimas? Es complicado. Nuestra peculiar manera de ver a la muerte no hace las cosas más fáciles. Supongo que el humor negro es parte de nuestra natural reacción ante la tragedia, condicionada por el temor a la muerte, la manera tan peculiar en la que está confeccionada nuestra historia y cultura, y un dejo de aceptación casi budista de la muerte. Burlarse de nuestra tragedia cotidiana, reírse de la muerte, de cierta manera nos libera.

Lo cierto es que nos morimos como cucarachas y sentimos que morirse es la gran cosa, pero no es así. Nos atropellan como perros, nos olvidan como ancianos a que nos coman las ratas, nos caemos de una estúpida escalera y nos rompemos el cuello; morimos con y sin razón. La nota roja prueba que tanto vivir como morir pueden ser motivo de burla y risa y que así debemos continuar. Hay los que se enojan con estas notas: no quieren aceptar las cosas como son y prefieren usar eufemismos y maquillar el horror, pero no puede ocultarse por mucho tiempo.

Por lo pronto, voy al puesto de la esquina a comprar el tabloide del día, a ver con qué salieron ahora.

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